Vacaciones de poltrona y libro

Enero 13, 2017 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

En medio del relajo, el lodo y la confusión de las redes sociales, del tan útil como efímero internet y la virtualidad como escenario de vida, la palabra escrita, la tinta, el impreso adquiere una especial relevancia. Y en especial el libro. Aquel objeto cada vez más extraño y en desuso para las nuevas generaciones pero tan reconfortante para quienes crecimos alimentados por ellos. No hay mejor compañía, no hay ejercicio intelectual más provocador ni mejor ruta de viaje hacia lo desconocido, lo por descubrir; hacia el conocimiento, la aventura, los insondables rincones del ser humano. Las librerías han ido quedando arrinconadas a estrechos pasadizos escondidos en los centros comerciales -las catedrales del Siglo XXI como los llamaba Saramago-, entre almacenes de zapatos y ropa. Los pequeños locales en las calles, con oferta de libros escogidos y ediciones viejas distintas a las novedades en los que el librero conocía los gustos del cliente, lo orientaba, le advertía los temas afines a sus intereses y donde daba placer descubrir alguna joya perdida en un estante, son asunto del pasado. Quedan pocos profesionales, de aquellos que permanecen tercos en su oficio, empeñados en compartir sus descubrimientos con nuevos lectores como lo hacen los cibernautas en las redes sociales con memes, chistes o agravios. Las vacaciones de libro y poltrona sin la tentación digital robando tiempo son cada vez más escasas. Pero son inolvidables. Y sobre todo cuando se trata de buena literatura, de autores clásicos y por conocer como el infaltable Sandor Marais. Pero hay descubrimientos que amerita reseñar como el cubano José Luis Gutiérrez quien bucea la estela de podredumbre que han dejado los años de fracaso de la revolución cubana para dejarla plasmada con una crudeza que repugna en sus libros El rey de La Habana y la Trilogía sucia de La Habana. Pero dos libros resultaron sorprendentes en estas navidades: el relato sencillo y profundo del quindiano Álister Ramírez con su novela Mi vestido verde esmeralda y el complejo tejido histórico de Odios fríos, escrita por Gonzalo España. El primero reconstruye los ásperos días de la colonización antioqueña y el poblamiento del eje cafetero a través de la vida entrelazada de dos personajes llenos de fuerza Clara y Jesús; Gonzalo España se adentra en el poder Santafereño de mediados del Siglo XIX en cabeza de Miguel Antonio Caro cuando como vicepresidente asume las riendas del poder ante la ausencia de Rafael Núñez quien opta por Soledad Romón y su existencia al lado del mar en Cartagena. Los odios fríos de entonces son los mismos de ahora, con genuflexiones palaciegas, reflejos artificiales y una mentalidad cerrada y conservadora que sigue viva en muchos de los gobernantes actuales y que llevó a Caro a afirmar desde las alturas bogotanas con arrogancia despectiva: “Lo que ves a tus pies es Colombia, el resto tierra caliente”. Una actitud que perdura en el espíritu centralista que cree que todo se resuelve con leyes y papeles, con firmas de señores encorbatados en oficinas encerradas (a lo Godofredo cínico caspa), porque como decía Caro, lo demás es paisaje; o mejor: provincia. Ambas novelas tienen una vigencia inusitada que nos colocan ante la desesperanza de la repetición y del desafío de encontrar unas claves ocultas que nos saquen de la encrucijada.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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