Una vanidad llamada Twitter

Una vanidad llamada Twitter

Abril 06, 2017 - 11:55 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Quienes están conectados en la red social Twitter, no escriben ni hablan ni se comunican: trinan. Como el pajarito símbolo de la red social. Si, son un trino, un grito o un simple enunciado. Yo sigo o me siguen, y digo lo que se me da la gana en 140 caracteres. Una extensión que podría asimilarse a la de los telegramas del pasado sino fuera por su tono. El afecto, las felicitaciones, o las buenas noticias suelen no estar presentes entre los trinos contemporáneos, sobre todo entre los más populares y entre los que más seguidores tienen.

Los siguen por su voz furiosa, sus agravios confundidos en denuncias, por sus juicios desbocados. Vociferan, ofenden sin responsabilidad, se desfogan rabiosos, se ofenden convirtiendo las redes sociales en una cloaca pública de insultos en donde lo emocional adquiere relevancia y los instintos empiezan a gobernar. Se repiten y repiten mentiras, verdades a medias, señalamientos arbitrarios sin que haya lugar a reclamos ni rectificaciones porque el emisor del trino, es una voz sin sujeto que no tiene responsabilidad ni obligación alguna para tener que responder a las injurias y se va armando así y creciendo amorfa una bola de infundios que distorsionan los hechos de una manera eficaz y arrolladora hasta convertirlos en verdad.

Políticos o gobernantes como Donald Trump en Estados Unidos con 27,4 millones de seguidores o Álvaro Uribe con una audiencia de 4,6 millones de personas que equivale a decir que están conectados, atentos a sus trinos, con la certeza de que sus palabras les llegan en vivo y en directo, sin intermediarios, sin cedazo pero también sin contexto y sobre todo sin posibilidad de controvertir. Mezclan información con opinión y con señalamientos viscerales, trasgrediendo los límite que generan los hechos reales -que existen y son tozudos-, la verdad objetiva, las reglas de la información que de todas formas pasan por filtros y confirmaciones que no se pueden desconocer.

Se trata de mensajes en una sola vía, frases o afirmaciones para que las reciba quien quiera; las retome, las comparta, las reenvíe, las interprete o responda en una especie de algarabía virtual de confusión entre desconocidos.

Es como si se contara con un micrófono incorporado que erráticamente igual permite sin duda brincarse la institucionalidad mediática construida en el tiempo y con reglas claras, de la cual suelen despotricar, ejercicio en el que Donald Trump es campeón en vapuleos e irrespetos, intolerancia frente al ojo analítico y crítico de cara a sus decisiones. La red social Twitter es el paraíso de autoritarios, vanidosos y narcisos.

La herramienta perfecta para quienes viven con el espejo al frente, soslayados con el eco de sus voces y opiniones amplificadas, convencidos de que lo que dicen, piensan o hacen le interesa a todo el mundo. Es el nuevo escenario de los pequeños egos que lo cuentan todo, desde sus hábitos alimenticios, el último destino turístico, la depresión y la alegría, los odios y las pasiones en veinte palabras, convencidos que cada idea, opinión o emoción es relevante y amerita divulgarse. Una manera acabada de banalización en estos tiempos de post-modernidad, post-verdad, velocidad y sobre todo levedad.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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