Una mentira llamada Cartagena

Abril 13, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

No hay nada más irreal y falso que la Cartagena que está obsesionado en mostrarle el presidente Santos a los 33 jefes de Estado latinoamericanos reunidos en la Cumbre de las Américas. Buena parte de ellos provenientes de países más pobres y desamparados que Colombia. Como si al Gobierno le avergonzara la realidad de contrastes y diferencias que es esta ciudad Caribe, la decisión fue borrar del mapa cualquier huella de vida callejera, de movimiento urbano, para transformar la ciudad del bullicio y el desorden, la fuerza de la creatividad y el rebusque, en un escenario sin vida de fachadas de casas coloniales recién pintadas, calles sin tráfico distinto al de las caravanas de los 18.000 policías que trajeron de todas partes del país para acompañar a los gobernantes, muchos de los cuales no ubicaban a Cartagena en el mapa. Se construyó pues, en cuestión de semanas, la imagen de una postal minimalista, sin basura, sin mugre, con andenes recién lavados y calles sin huecos para agradar a los 33 visitantes y sus delegaciones.Los puestos de ventas de frutas, de ceviches, de coco, la alegría bullanguera costeña quedó borrada. Y sobre todo los pobres, no los mendicantes, los mestizos y negros trabajadores en la Costa Caribe y Pacífica colombiana, que fueron a dar a los extramuros para que Carlos Slim pudiera caminar tranquilo por el centro histórico de la ciudad. Las empleadas domésticas y los empleados deben realizar largos recorridos a pie para llegar a sus puestos de trabajo porque el transporte público está restringido. A los ciudadanos de a pie los requisan con desconfianza. Y no sólo en la tacita de plata amurallada sino en la zona residencial de El Laguito, donde está localizado el Hilton, hotel donde se hospedará el presidente Obama. Los habitantes de edificios de la zona, muchos cartageneros raizales, terminaron sometidos a un odioso censo liderado también por la Policía. No pareciera que el tema fuera sólo de seguridad, aunque es esa la justificación. Daría la impresión que el imaginario que quiere vender Juan Manuel Santos se parece más al mundo personal con el que él sueña, de gobernante atlético que se mueve en helicópteros entre el misterioso mundo de los Kogui y los corales de la isla Tesoro en las islas del Rosario donde bucea, allí en el único punto del Caribe cercano a la costa donde la naturaleza submarina no está destruida por la contaminación de todas las calañas, pero al que pocos tienen acceso. Las atenciones alrededor de la mesa no faltan, en manos de los más connotados chefs. En fin, un mundo de mentiras, limpio y pulcro, de sonrisas y abrazos que nada tiene que ver con la realidad de una Colombia rota y rabiosa que sobrevive en medio de las desigualdades, los abismos culturales y sociales y una miseria que las estadísticas también intentan maquillar. Y a todas éstas, quien más estorba a la hora de construir el cuadro minimalista de la ciudad del sueño presidencial es el alcalde de la ciudad. El pobre Campo Elías Terán, un mestizo-negro de origen popular y sin modales que en mala hora ganó las elecciones y que sus coterráneos sienten cercano y que es el vivo retrato de más de un gobernante latinoamericano de los que posarán para la foto final del domingo en la mañana.

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