Una fatalidad llamada Buenaventura

Una fatalidad llamada Buenaventura

Marzo 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Para la mayoría de los vallecaucanos, el primer contacto con el mar fue Buenaventura. El Océano Pacífico, con Buenaventura como puerta de entrada; con su ritmo; con la gracia de su gente y esa sazón inconfundible que reveló el gusto por los sabores del Pacífico. La puerta a ese horizonte infinito, el mar de Balboa con sus olas enormes, arrasadoras, furiosas. Juanchaco, Ladrilleros, playas infinitas de mareas aletargadas, Gorgona silvestre, La Barra, Las Dos Marías, lugares mágicos presentes en la memoria infantil y juvenil mía, de tantos. Entonces Buenaventura era pobre pero no miserable. Ni tampoco ejemplo del abismo social entre la modernidad de un enclave trasnacional de comercio exterior, una máquina de dinero que contrasta con la desgracia de un población creciente, incontenible. Allí han nacido muchos de los pobladores que con los años convirtieron junto a los inmigrantes de Tumaco y Guapi que llegan arrastrando sus miserias y desolación, a Cali en la segunda ciudad con más población negra de Latinoamérica. Así pues, para bien o para mal, Buenaventura está enclavada en el corazón de los vallecaucanos. Con la que todos tenemos una deuda.Una deuda difícil de saldar, porque como diría Álvaro Mutis: allí fracasa cualquier empresa humana. Hoy viven una emergencia humanitaria que tiene al mundo en alerta, por el horror de la violencia que ha tomado formas inverosímiles de crueldad y de descomposición humana, que tiene los ojos del país y del mundo encima. La cadena CNN ha despachado sus reporteros al Puerto a realizar informes y Humans right watch acaba de realizar un estudio de caso titulado: La crisis de Buenaventura: desapariciones, desmembramientos y desplazamiento en el principal puerto de Colombia en el Pacífico.Lo triste es que son décadas de inversión de recursos públicos nacionales y de la cooperación internacional que han naufragado en el torbellino de la corrupción y del desgobierno de unos dirigentes torcidos que han hecho del presupuesto municipal su botín que ha terminado engordando las arcas de la corrupción de gobernantes, políticos y vividores de todas las calañas, sin producir ninguna transformación social. Una escuela que llevó al tope de la degradación con quien fuera la estrella política del Valle del Cauca hasta hace cuatro años: Juan Carlos Martínez, quien asimilaba el ejercicio de lo público a la politiquería y al aprovechamiento de lo público en beneficio personal, cuyas prácticas terminaron por postrar aún más a la gente en un lodazal de desesperación. Es una realidad que todo el mundo conoce pero frente a la que se guarda silencio. Es vox populi y el gobierno lo sabe, los periodistas lo saben, los empresarios lo saben, la Policía lo sabe, que se trata de la reedición de una vieja guerra entre grupos degradados de paramilitares organizados en ‘La Empresa’ y ‘Los Urabeños’, que disputan a sangre y fuego el control del territorio y el dominio de zonas de desarrollo portuario, las rutas del narcotráfico, y los recursos minerales naturales. Pero, ¡y qué! De qué sirve saberlo, cuando la respuesta sigue siendo la misma: una indolencia que ha permitido que Buenaventura se pudra en su propia desgracia.

VER COMENTARIOS
Columnistas