Un radar que fracasó

Noviembre 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Los tres últimos resultados electorales: la votación del Brexit en Inglaterra, el triunfo del No al Plebiscito en Colombia y la elección de Donald Trump en los Estados Unidos pusieron patas arriba las encuestas y dieron la espalada a los medios de comunicación convencionales. En los tres casos se equivocaron. No lograron captar las corrientes subterráneas que mueven la opinión pública, es decir el electorado, que con vuelo propio empieza a informarse de diversas maneras distintas a periódicos, noticieros de televisión o a programas radiales que han estado al aire por décadas. Difícil mayor unanimidad que la de los medios de comunicación colombianos en su apoyo al Plebiscito, reafirmados por los resultados de las encuestas de opinión que nunca le dieron la oportunidad de ganar al No. Igual ocurrió con Trump en Estados Unidos, quien mientras enfrentaba las críticas de los grandes medios con las investigaciones que le destapaban un pasado lleno de lunares negros, iba construyendo una potente red social en la web, con 13 millones de seguidores abiertos a escuchar los mensajes de su campaña de manera directa, sin intermediarios. Trump avanzaba con su propia agenda y con su compromiso de “Hacer a América grande de nuevo”, un slogan que caló en lo profundo del alma norteamericana y que lo llevó a la victoria.Una victoria producto de su conexión con una gran multitud indispuesta y rabiosa con la clase política, con los gobernantes, con el establecimiento institucional, con los círculos cerrados de las minorías que controlan todos los poderes, que creyó en la oportunidad de cambio que prometió Trump sin pensar demasiado, casi que guiados por una emocionalidad primitiva, visceral. Los sedujo además con su estilo directo, populachero, simplificador y maniqueo de fácil comprensión, creando la falsa disyuntiva entre autenticidad y retórica, así esta estuviera plagada de mentiras y tergiversaciones con un solo propósito: ganar.Trump logró interpretar ese sentimiento de insatisfacción que las encuestas y los medios convencionales que navegan sobre la superficie no lograron registrar. Percibió la fractura cada vez más profunda entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas y la gran base social. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos, empobrecidos por los efectos de la globalización económica pero también hombres y mujeres formados que querían regresar al pasado de una potencia sin diversidad, ni inmigrantes empoderados ni minorías actuantes.El de Trump no es un fenómeno excepcional. Conecta con realidades similares de gente cansada de la vieja política que le apuesta emocionalmente a quien con la fuerza de la convicción prometa cambios: renovar nombres, rostros y actitudes. Se trata de un malestar silencioso que se va enconando como un absceso que estalla para liberar dolor, en este caso decepción. La desconfianza hacía las instituciones lleva a que la gente falsee las respuestas para protegerse de las olas de unanimismo construidas por los medios. Los electores ya no destapan sus cartas, votan en la soledad del cubículo produciendo resultados impredecibles. El último sacudón electoral obliga repensar la política como respuesta a una desazón colectiva que busca desesperada salidas que finalmente pueden resultar fallidas.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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