Tengo miedo

Enero 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Le tengo miedo al fundamentalismo que ha empezado a apoderarse del país. Un fundamentalismo que intenta imponer castigos drásticos y prohibitivos con el propósito de regular y estandarizar comportamientos de acuerdo a los cánones de quien ostenta el poder y cuentan con las herramientas para forzar a obedecer y reinar bajo su égida. Un comportamiento que históricamente ha mostrado que genera verdaderas catástrofes sociales, pero se sigue repitiendo, y ahora con más vigor en el país.Pienso en la beligerancia con que la señora María Luisa Piraquive, líder espiritual de la iglesia cristiana Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, se atrevió a orientar, sin pudor alguno desde el púlpito, a sus siervos para que discriminaran a los discapacitados. “Hay gente que llega a la Iglesia sin un ojo, otros llegan sin un brazo, otros llegan sin una pierna, bueno con algún defecto físico… y ustedes no pueden nombrar a esa persona como un predicador que se suba a un púlpito porque eso queda mal”. Una iglesia que no le da cabida a los homosexuales y que interviene en la vida privada de 25 mil seguidores a quienes les arrancan diezmos a mansalva.Pienso en la mentalidad pseudo moralizante que se impuso en el proyecto de Ley del borracho que lideró en el Congreso precisamente el representante Carlos Baena, miembro de esa misma aterradora iglesia. Y en los parlamentarios que por el afán de responderle a la presión mediática aprobaron la exagerada ley 1696 que convirtió en delito manejar después de haberse tomado 2 cervezas o una copa de vino. El nivel de alcohol superior a los 2 miligramos por decilitro de sangre que habilita a las autoridades a sancionar con 26 millones de multa al conductor, es 2 ½ veces más drástico que el establecido por la Organización Mundial de la Salud y el vigente internacionalmente. Un falso moralismo es el de los legisladores -todos tienen chofer- que se fueron al extremos creyendo interpretar la mentalidad que ha ido haciendo carrera y que parecerá dar réditos políticos.Una radicalidad fundamentalista de la que está investido el procurador Alejandro Ordóñez, quien con su rigidez temeraria ha llevado al límite la aplicación de las normas que le permiten quitarles los derechos políticos a gobernantes elegidos popularmente y funcionarios públicos que a su criterio merecen sanciones de ese tenor, como acaba de suceder con el alcalde Petro. Interpretaciones que podrían ser discutibles en escenarios más democráticos pero que con su poder las vuelve incontrovertibles.Actitudes extremas que se expresan en la oposición al matrimonio gay o el aborto en las circunstancias aprobadas por la Corte Constitucional y a otros derechos asociados al libre desarrollo de la personalidad, que no solo permiten que personajes como José Galat funjan de educadores y conduzcan universidades como la Gran Colombia sino que cuenten con espacios como su fanático Canal Teleamiga.Les tengo miedo a los iluminados que se sienten con el derecho a regir los destinos de los demás. A aquellos que le tienen miedo a lo diferente, a lo desconocido, a lo que no controlan, a aquellos que persiguen y ven como enemigos a quienes no comparten sus ideas. Y que además tienen el poder para destruirlos.

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