Siria y las mil y una noches

Diciembre 16, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Sí, Siria está muy lejos. Y más si aquello que sucede es por allá, en el Oriente. Los bombardeos no se escuchan y los rostros de la desesperación y el dolor humano de los refugiados son eso, tomas de televisión que se confunden con la ficción de las series y cuyas imágenes solo servirán para competir por los premios anuales de fotografía. Se trata de una guerra lejana, compleja y difícil de entender, con unos protagonistas imposibles de pronunciar. Por qué esperar actitud distinta si frente a nuestra propia guerra, la propia, la que dejó 8 millones de víctimas en nuestros campos y veredas imperó siempre la indolencia; si nuestros muertos nunca fueron otra cosa que estadísticas sin rostro y los relatos de las masacres producían aburrición, frialdad, extrañeza: ¡asunto allá! Como dicen los chocoanos. Qué esperar, cuando son todavía muchos, demasiados los colombianos que insisten en torpedear la implementación de los acuerdos de paz, olímpicamente, sin inmutarse, porque mientras conserven su zona de confort, poco les importa lo que suceda allá, en lugares que no saben dónde están localizados en el mapa. Pero lo cierto es que ahí está, dolorosa y terrible, ante los ojos del planeta, la destrucción de un país entero, Siria, a punta de bombas indiscriminadas, con el argumento de estar persiguiendo el mal, el terrorismo de Isis, de la misma manera equivocada del iluminado de Bush que dejó incendiado el mundo sin resolver ningún conflicto. Ahí están las caras de horror y desolación de miles de familias que nada tienen que ver con las decisiones de poderosos demenciales como Putin pero que las padecen, como cuenta con desesperación la pequeña Dana, de escasos siete años, que alerta al mundo con sus textos tan infantiles como desesperados, atrapada en las ruinas de Alepo. Dana lleva tres meses, los mismos del devastador cerco a su ciudad ordenada por el dictador Bashar al Assad y su aliado mayor el Presidente ruso, enviando desde su celular brevísimos trinos, con la ayuda de Fatema su mamá, desde su cuenta @AlabedBana, que describen con simplicidad el tamaño del horror que se vive en la calle, en el barrio, en el interior de las viviendas, la de sus vecinos que es similar a la de las 250.000 personas sitiadas desde julio resistiendo la toma de Alepo. “Esta es nuestra casa, mis queridas muñecas murieron en el bombardeo. Estoy muy triste pero contenta de estar viva”. Bana #Aleppo“Sálveme alguien por favor. Estoy debajo de la cama”. “Estamos siendo atacados. No hay donde ir, cada minuto la muerte acecha. Rueguen por nosotros. Hasta pronto”. “Querido mundo, hay un intenso bombardeo en este momento. ¿Por qué guardan silencio? ¿Por qué? ¿Por qué? El miedo nos está matando”. Fue lo último que escribieron el último día de los ataques. No se sabe de su suerte, de su destino, que puede quedar enterrado como Alepo, como Damasco, como Palmira. Siglos de esplendor vueltos ruinas que solo pocas personas tan afortunadas como Ximena Bonilla pudieron conocer cuando llegó hasta allá tras las huellas de la mítica Zenovia, que con su altivez hizo del reino de Palmira su propio imperio en Asia Menor y que como puede ocurrir con Dana terminó alimentando la imaginación de Las mil y una noches. Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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