Simone Veil y la dignidad

Julio 06, 2017 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Murió a pocos meses de cumplir noventa años. Muy vividos. Simone Veil engendró con su existencia, algo tan ajeno en estos tiempos de veletas y tránsfugas: la autoridad moral. Aquello que sólo da la coherencia. Con los valores, con las convicciones, con la vida. Y de allí la fortaleza que la convirtió en una catedral para los franceses, fue despedida con todos los honores.

Sin el poder convencional de los políticos ni las figuras públicas convencionales, su presencia rotunda, muchas veces silenciosa, tumbó talanqueras. Cuando tenía que hablar, hablaba, pero sobre todo actuaba.

Había crecido en una familia judía acomodada en Niza, con un padre arquitecto y cuatro hermanos, cuando a los 17 años, 13 de abril de 1944, soldados franceses y alemanes la empujaron con todos los suyos en un tren de ganado con destino a Auschwitz. De allí, en enero de 1945, fue enviada a pie, junto a su madre y una hermana, en la terrible ‘marcha de la muerte’, hacia Mauthausen y después al campo de concentración de Bergen-Belsen, donde vio desfallecer a su mamá de fiebre tifoidea. Embarcados en otro tren, su padre y su hermano mayor murieron en el campo de concentración de Kaunas, en Lituania.

“Tras la liberación del campo, muchas de nuestro grupo murieron de tifus, o a causa de una alimentación insuficiente o por falta de cuidados. Pienso que muchas vidas habrían podido ser salvadas, pero no era una prioridad. Mi hermana no murió allí porque me tuvo a mí. Los prisioneros de guerra entraron directamente; tardamos cinco días en llegar a Francia, apretujadas en unos camiones. La indiferencia de las autoridades era ya totalmente extraordinaria”. Una indiferencia que le quedó fijada en su mente y que convirtió en motor de lucha para siempre.

Nunca quiso borrarse del brazo el número que le tatuaron en el campo de exterminio: 78651. Lo llevó siempre al descubierto como recordatorio de una supervivencia que se tradujo en combate por la condición humana que conoció en los límites de la degradación. Por eso decía con una seguridad abrumadora: “A pesar de un destino difícil, soy, sigo siendo una optimista. La vida me ha enseñado que con el tiempo, el progreso vence siempre. Es largo, es lento, pero en definitiva, en él confío”.

Abría caminos en esa dirección. Sin miedos. “Sobreviví a muchos y muy malos”. En la guerra de Argelia, no dudó en defender los derechos humanos de los prisioneros argelinos. Fue la primera mujer en formar parte de un gabinete ministerial cuando en 1974, Jacques Chirac la nombró en la cartera de Salud desde donde defendió la ley que despenalizaría el aborto y que había sido impulsada por ella y otras ciudadanas con el Manifiesto de las 343 Putas, en el que celebridades como Simone de Beauvoir, Marguerite Duras y Catherine Deneuve reconocían haber abortado.

Logró entrar a la Academia Francesa y fue la primera mujer presidenta del Parlamento Europeo desde donde dio la pelea por “una Europa basada en la libertad y la democracia, unida contra la violencia, el totalitarismo y el racismo”. Y con la memoria como su aliada, convencida del valor de no olvidar, presidió la Fundación por la Memoria de la Shoah.

Cuando pienso en Simone Veil, añoro a personas con esa autoridad moral que sólo da la coherencia, que dejan huella y que se nos han ido.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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