Santos, un paso al costado

Agosto 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Se le reconoce a Juan Manuel Santos el gran logro conseguido: llegar a un acuerdo final de negociación con la guerrilla de las Farc. Y hay que celebrarlo. Desde el gobierno de Belisario Betancur, con la efímera paz de La Uribe, seis presidentes en casi 35 años lo intentaron. Álvaro Uribe lo intentó seriamente, como lo contará Henry Acosta, de quien fue facilitador de paz de ese gobierno igual que con el de Santos, en su libro próximo a ver la luz con Random House. Se le reconoce su capacidad de riesgo, el esfuerzo persistente y concienzudo de cuatro años que le permitieron salir avante pero de la misma manera en que fue eficaz como posibilitador de la firma, se necesita ahora que con pragmatismo político se haga a un lado con un mensaje claro de que una cosa es su gobierno y otra cosa el acuerdo de paz.Mientras lo pactado en La Habana se asocie con su golpeada imagen, a su casi inexistente liderazgo en este y otros temas gruesos; a su distancia con el país real; a su falta de empatía con la gente –como lo demuestran las encuestas en las que no alcanza a llegar a un 30% de favorabilidad- el escenario del plebiscito se complica mucho. Y algo más: terminaría la anhelada paz después de 60 años de conflicto, arrastrada por el castigo ciudadano al maltrecho gobierno de Santos.El error de someter los acuerdos de La Habana al voto popular es monumental. Un hecho político trascendental como este pasó a convertirse en un pulso entre dos gobernantes que puede terminar desvirtuando lo firmado en La Habana reduciéndolo a un enfrentamiento de egos y a una inútil e insalvable polarización. El acuerdo final entre el gobierno y las Farc fue elevado a acuerdo especial de Naciones Unidas y por esto reposa una copia del mismo en el Consejo Federal Suizo en Berna, el organismo depositario de las Convenciones de Ginebra que regulan el derecho internacional humanitario. Y se hizo precisamente para asegurar que su contenido no terminara atenazado en los vaivenes de la politiquería local ni el pugilato de personalismos políticos, como terminó sucediendo. El presidente Santos contaba además con las facultades otorgadas para implementarlo sin necesidad de la refrendación política en la que se empeñó, a riesgo de editar la historia del Brexit inglés como se ha advertido hasta la saciedad.No todo gran acuerdo tiene que ser sometido a la democracia directa. La participación ciudadana requiere de información exhaustiva y discusiones serias y no un aluvión de consignas irreales y con frecuencia mentirosas, tergiversadoras; manipulaciones construidas sobre el rumor y no la verdad, que terminan confundiendo; conduciendo al error. El acuerdo de paz, un texto de alta política, tiene 240 páginas que difícilmente lo leerán los ciudadanos que lo votarán, que terminarán guiados más por la emocionalidad y no por la reflexión.El Foro Cali Epicentro de paz y desarrollo mostró que hay muchos mejores liderazgos, distintos al presidente Santos, para explicar y entusiasmar con esa oportunidad que hay que darle a la paz. La manera lánguida con la que el Presidente presentó este hecho histórico el pasado 24 de Agosto confirma que no es el líder para el plebiscito. Santos, de un paso al costado para salvar aquello que puede significar un futuro promisorio para Colombia.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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