S.O.S. por las escuelas de salsa

S.O.S. por las escuelas de salsa

Diciembre 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Detrás del gran espectáculo de Delirio y el Salsódromo de diciembre, de los triunfos individuales de bailarines caleños en los campeonatos mundiales de salsa, hay una siembra de largas jornadas frente a un espejo, repitiendo y corrigiendo movimientos. Un empeño silencioso en los barrios de Cali donde surgieron de manera espontánea las escuelas de salsa. Allí estaba el semillero, allí estaba la inspiración. De los años sombríos quedó un saldo creativo, de gran fuerza y arraigo: la salsa. No solo como desfogue creativo lleno de destreza. La salsa era señal de vitalidad; una respuesta a la violencia barrial; resistencia a la narcoguerra en la calle, a la imposibilidad de salir libremente en las noches a bailar; una manera de enfrentar la muerte con alegría. Y aquellos lugares donde muchachos y muchachas se reunían en los ratos libres a escuchar música, a inventarse pasos, se convirtieron en escuelas de baile. La salsa, sin que nadie lo planeara, se transformó en la armazón de un tejido social amenazado por una degradación que parecía inevitable. Dos personas descifraron ese sedimento que aún no emergía a las capas más explícitas de la sociedad: Andrea Buenaventura como gestora de Delirio y Jorge Iván Ospina como alcalde. Nació entonces un espectáculo que en 2006 se vivió como una epifanía en una ciudad postrada y en 2008 llegó un gobernante que entendió que ese talento, esa capacidad de organización popular espontánea, esa alegría contenida, debía ser apoyada desde la Alcaldía, como política pública y no solo como expresión cultural sino como un salvavidas social fundamental para la ciudad. El primer Salsódromo vio la luz en la Feria de Cali de su primer año de gobierno. Desde entonces es una cita obligada que reemplazó a la tradicional cabalgata degradada desde que los mafiosos se la tomaron para convertirla en su grotesca diversión. Los caleños entonces fueron los primeros sorprendidos de ver aquel talento colectivo que tomaba forma estética y que producía además campeones mundiales de un ritmo con estilo propio; pero además, y tal vez esto era lo más grato: la salsa conectaba a la ciudad. Una ciudad escindida y fragmentada que había ido perdiendo su centro de gravedad empezaba a reencontrarse a través de la música y el baile, hasta convertirse en un innegable componente de la identidad caleña. De allí la importancia del campanazo: las escuelas de salsa y todo cuanto gira a su alrededor está en riesgo. Y da pena tener que registrarlo. De las 56 escuelas censadas en el 2011 apenas sobrevive la mitad; crece el éxodo de bailarines al Oriente medio. Los recursos para apoyarlas son cada vez más escasos. El entusiasmo del alcalde Rodrigo Guerrero, con el que logró incluso comprometer al presidente Santos en la financiación de un Salsódromo permanente, resultó efímero y por el contrario el movimiento alrededor de la salsa, con su raíces en las barriadas populares ha ido decayendo. La administración Armitage con su secretaria de Cultura, Luz Adriana Betancourt, le ha relegado el tema a Corfecali, una entidad dedicada a la promoción de eventos, con lo cual la salsa terminará siendo un simple show de tarimas y espectáculo, desconociendo su valor como proceso cultural social arraigado que amerita como nada apoyar, empezando por sus escuelas, donde nace todo.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

VER COMENTARIOS
Columnistas