Resurrección del campo

Agosto 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Hasta hace cuarenta años Colombia era un país campesino con veredas, pueblos, ciudades intermedias y una capital. La relación campo-ciudad, ciudad-campo tenía alguna forma de armonía. Cada colombiano lleva un pedazo de tierra, la imagen de un paisaje querido pero perdido, en su memoria. Pero esa geografía de la nostalgia se transformó en un escenario de violencia que para las nuevas generaciones huele a miedo, muerte, desplazamiento y pobreza. Cambiar esa historia no será tarea fácil pero sí urgente. Porque allí en el campo, en sus estructura de propiedad, en su deterioro galopante, en su desigualdad, en sus injusticias, está el corazón de la violencia colombiana.De allí que la Ley de víctimas y de tierras y ahora la de desarrollo rural con la que el gobierno Santos se ha propuesto torcerle el pescuezo a esta inercia, haya calado con fuerza. No se trata solamente de detener el desplazamiento y que las víctimas recuperen sus tierras, sino que quienes hayan habitado baldíos por décadas, ocupados con sudor y machete obtengan sus títulos de propiedad. Que todos puedan poner a producir sus parcelas, que en el campo colombiano vuelva a haber comida y que los 12 millones de personas que habitan estas tierras vuelvan a disfrutar de la vida en las veredas, hoy muchas convertidas en pueblos fantasmas. Todo esto se podrá conseguir con los recursos que provienen de una férrea voluntad política.La voluntad política parece estar viva y creciente. Por esto, y como un mensaje claro, el presidente Santos escogió la conflictiva región del Urabá para presentar su primer balance sobre el tema de tierras. El caliente Apartadó, donde sigue corriendo sangre por cuenta de un conflicto sin resolver y donde se ha vivido tanto atropello en la propiedad rural y en los derechos laborales de los trabajadores, fue el escenario para presentar el esfuerzo gubernamental en términos de titulación y restitución de predios a los campesinos desplazados por la violencia que es cercano a las 362.000 hectárea y que ha favorecido a 20.000 hogares campesinos. El 40% del campo colombiano no tiene títulos de propiedad, con lo cual difícilmente pueden articularse a los procesos productivos, a los subsidios, al crédito, al desarrollo. Se ha estrenado la figura de la restitución con la cual se busca compensar en algo el dolor acumulado estas décadas de violencia inaudita. La ley de víctimas apenas entrará a actuar con figuras legales que buscan hacer más expedito este tortuoso proceso.No sólo se trata de lograr un campo más productivo, que pase de las 4,5 millones de hectáreas cultivadas, cuando podrían ser 18 millones, que están hoy mayoritariamente en ganadería o improductivas, sino de lograr un campo poblado. Con asomo de modernidad, donde haya espacio para unas aldeas activas, veredas llenas de vida y de sueños, con muchachos con acceso a la educación y al trabajo, al mundo global a través de internet, que bailen reguetón y se decoren el rostro con piercings sin tener que perder su arraigo y trasladarse a mal vivir a los tugurios urbanos. La apuesta por los jóvenes nacidos y criados en la Colombia rural sería la definitiva para que la locomotora agrícola lograra realmente despegar.

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