Reencuentro con Gabo

Reencuentro con Gabo

Enero 11, 2018 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Leer a García Márquez en el entorno que lo vio nacer y creció, aquel mundo de tierra caliente sometido al drástico y sorprendente sopor del trópico, es otra cosa. En Aracataca, Ciénaga, Fundación, Santa Marta, La Guajira, están las claves de lo real maravilloso. Su lectura, varias décadas después, adquiere una nueva dimensión en la comprensión pero también en el disfrute. Sus memorias Vivir para contarlo, con su magistral primer capítulo, completadas con biografía enorme que logró el norteamericano Gerald Martin, redondean la grandeza de este escritor tan original y único.

En el vallenato, las tradiciones populares y el verbo cotidiano que se escucha en esquinas, plazas y tiendas; en la hipérbole locuaz de sus relatos, colores y olores de los mercados y la recursividad de la gente, y hasta en la generosidad de la naturaleza que toma forma en frondosas plantaciones de banano y de mango o en el simple paisaje está la génesis de una literatura que está en el alma latinoamericana.

La huella de la United fruit Company con el ferrocarril y las viejas estaciones incluida la de Ciénaga, escenario de la masacre de trabajadores bananeros que unida a la secuela de la crisis de los años 30 y la Segunda Guerra Mundial cambiaron el rumbo de la región, así como sus casonas de madera trasladadas de New Orleans o de cualquier pueblo de las orillas del Mississippi, están presentes. Permanecen en pie y con una ampulosa decadencia construcciones de Prados de Sevilla, el asentamiento levantado en el centro de las plantaciones bananeras desde donde capataces y directivos de la multinacional llegada de Boston a comienzos del siglo pasado impartían órdenes. También se conservan las casas residenciales del barrio Prado en Santa Marta, donde residían. Una docena de pobres veredas habitadas por cerca de 50.000 personas conforman el municipio de Zona Bananera que funciona sin estructura administrativa con un alcalde fantasma.

La región conserva el olor de la hojarasca que describe con tanta maestría Gabo, ahora llena de pobladores empobrecidos y desarraigados, desamparados en medio de los terraplenes de polvo que dejara la bonanza. Después vendrían las oleadas de dolor y sangre de las que se prefiere ni siquiera recordar. Ruge el mismo tren; una máquina que arrastra una larga cadena de vagones que transporta principalmente el carbón de la Drummond aunque por los mismos rieles rueda también el banano que sale de las fincas camino del puerto; vagones sin pasajeros como no ocurría en los tiempos de Gabo, de su infancia alimentada de relatos y de la compañía de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, quien llevaba a cuesta el siglo que enterró la Guerra de los Mil Días.

Sorprende y resulta francamente fascinante constatar in situ la manera como determinaron esos primeros 10 años en la casa de Aracataca, previos al traslado de la familia con Gabriel Eligio, el padre aventurero y fracasado en los negocios pero iluminado para sus sanaciones con homeopatía, a Sucre, aquel otro pueblo perdido en la inmensidad de La Mojana, la totalidad de sus relatos y personajes. Allí están la soledad, el destino, la nostalgia, la saga familiar y la violencia que le darían la universalidad que coronó con el Premio Nobel de 1982 y que inmortalizó su obra. Un viaje obligatorio apasionante y revelador.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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