Recordando a Andrés

Recordando a Andrés

Marzo 04, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Se cumplen 34 años de la muerte de Andrés Caicedo. Estaría rondando los 60 años. Que difícil imaginarlo canoso y con cualquier asomo de barriga. Aburguesado o probablemente rabioso y tal vez amargado como quienes persisten con sus ideas y convicciones en una sociedad, un país como el nuestro que deja pocos espacios para quienes miran y viven la vida distinto a los estándares. Probablemente se las habría arreglado para seguir siendo él, Andrés con su pluma lúcida y su actitud siempre adolescente. Incapaz de hacer concesiones. Ese es el Andrés que quiero recordar y que describió Alfonso Bonilla Aragón en una nota tan precisa como hermosa que escribió desde Buenos Aires cuando supo de su suicidio. “Debió de ser hacia fines de la década de 1960 cuando se presentó a mi oficina un adolescente, casi un niño, con el propósito de darme a conocer unos cuentos de su invención. Tenía la mirada anhelante de los que empiezan a ver, maravillados y absortos, y, por qué no escribirlo, espantados, del Gran Teatro del Mundo. La blancura de la piel denunciaba que, a pesar de su edad, no tenía tratos con la útil frivolidad del deporte. Las manos, largas y afiladas, temblaban al sostener los originales. Un ligero ceceo (sic) hubiera permitido pronosticar no sólo la timidez, que es como el común denominador de todos cuantos temen a la vida porque entienden sus tenebrosas magnitudes, sino notoria discordancia entre lo mucho pensado y lo poco querido expresar. Así fue Proust, así es Jorge Luis Borges. Hablamos durante un rato. Tornamos después a vernos dos o tres veces. Lo que entonces escribía dejaba una extraña sensación: en la forma, se trataba de los ensayos, vacilantes a veces, de un principiante. Pero en el fondo, se adentraba en personajes y situaciones con tal madurez, que se hubiera pensado que un hombre agobiado por dolorosas experiencias hubiera dictado esos apretados renglones a un joven, para que los tradujera a lenguaje casi pueril. Me atreví, en la primera conversación, a insinuarle algunas lecturas. Pero me di cuenta que a los 16 años conocía, desordenadamente pero con cierta clarividencia, el fragoroso paisaje de la creación literaria. Ningún joven me dejó nunca, como él la impresión de aquello que Silvio Villegas observó en Gilberto Garrido: “El cortocircuito del genio”. Estoy, me dije, ante un futuro gran escritor sin fronteras”. Palabras premonitorias. Los textos de Andrés son el refugio de adolescentes, en hispanoamerica, Inglaterra, Francia. “A los veinte años, dice Bonar, ya parecía fatigado como quien está de regreso de todas las cosas. Imagino los días finales. Su silenciosa desesperación enfrentado a un mundo de injusticias. Su protesta contra sí mismo por no lograr expresarse adecuadamente. La angustia que se nutría de su enfermiza sensibilidad. Andrés sabía, seguramente, que estaba predestinado para ser el que siempre huye de sus circunstancias. Estaba obligado a vivir su época, él que nació para ser un hombre intemporal. Desde estas lejanías, me inclino, absorto. Y compruebo que las posibilidades infinitas se suelen resolver en laceraciones más infinitas aún. Pues el dolor de todos los hombres no puede caber en el corazón de uno solo”. Cómo lo entendió Bonar, a quien también recuerdo hoy.

VER COMENTARIOS
Columnistas