Que cese al odio

Septiembre 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Está más fácil de firmar la paz con las Farc en La Habana, que ya tiene fecha para marzo del 2016 que desarmar los espíritus, la intransigencia y el odio enquistado en Colombia. Mientras los delegados de los países garantes Cuba y Noruega leían el acuerdo que el mundo entero entendía como un paso definitivo para la paz, el canal RCN cubría sus palabras con imágenes de masacres, dolor y muerte de ataques guerrilleros del pasado. Olvidan a la hora de divulgar estas imágenes que el último mes, desde que las Farc decretaron el cese al fuego y el gobierno los bombardeos, ha sido el menos violento de la historia reciente del país. Nada de esto importa a la hora de volver los espacios informativos como el del canal RCN una trinchera de odio que antes que invitar a acompañar un momento de esperanza para todos los colombianos que hemos crecido y vivido en medio de la guerra, refriegue momentos oscuros que atan a la ira del pasado y a las amarguras que han dejado socavones en el alma de muchos. Las imágenes cruentas y dolorosas del noticiero RCN, dirigido por Claudia Gurisatti, editadas con el ritmo de un bombardeo, no buscan otra cosa que ahogar el espíritu del acuerdo sobre justicia logrado, después de muchas dificultades, entre las Farc y el gobierno, con el cual se vuelve irreversible el camino hacia la paz. ¿Y para qué alimentar el odio? Simple. Para matar cualquier semilla de reconciliación y de resilencia que les permite a los colombianos iniciar nuevas vidas individuales y colectivas. Para impedir que nazca un nuevo país donde no se sigan saldando cuentas con fusil y se resuelvan las diferencias con ideas, propuestas, diálogos civilizados. Para aturdir de rencor a los televidentes con el propósito de insistir en la justicia punitiva -como única noción de justicia- en contravía de la fórmula de justicia restaurativa firmada en La Habana. Esas imágenes amargas son para no permitirle al país salir del atasco. Para anclarlo en la Ley de Talión, la del “ojo por ojo, diente por diente” como única posibilidad, creyendo que con el castigo -entre más drástico mejor- se le proporciona al victimario el mismo dolor que éste ocasionó y con ello lograr la motivación final: venganza. Esta es la posición en la que están enfrascados el expresidente Uribe y sus seguidores quienes no logran ponerle distancia al dolor personal y que Gurisatti restriega con la repetición visual del horror. Un horror que no se puede olvidar. Ni banalizar, frente al que la justicia restaurativa actúa de otra manera. Coloca a las víctimas en el corazón de la propuesta y le da al victimario una oportunidad para resarcir su daño y mirar hacia delante. El Tribunal de Justicia Especial castigará con vehemencia con penas hasta de 20 años dentro de la justicia ordinaria a quien no acepte, bien sea guerrillero, paramilitar, militar, civil, funcionario del Estado, responsabilidad en actos de violencia que se comprueben. Pero quienes colaboren con la búsqueda de la verdad y de manera oportuna la revelen podrán beneficiarse de penas entre 5 y 8 años de privación de la libertad en lugares alternativos a las cárceles porque de lo que se trata no es de vengar sino de reparar y sanar en un país enfermo de guerra, intolerancia y odio.

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