¡Qué asco! ¡Qué rabia!

Enero 20, 2017 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Se requirió de la intervención de la Justicia norteamericana para que hubiera una reacción efectiva en Colombia; tardía actuación cuando se sabe que la corrupción galopa en las narices de todos desde hace décadas. Pero bueno, finalmente pareciera que el Fiscal Martínez está dispuesto a hacer la tarea y perseguir la corrupción. Poco, muy poco hicieron sus antecesores, atrapados en peleas políticas, en derroches y en la instrumentalización del búnker no en función del ejercicio de la justicia en Colombia, sino de las ambiciones personales. Nestor Humberto Martínez tiene la ventaja de haber construido su prestigio profesional litigando desde el otro lado de la mesa, lo que le permite conocer el monstruo por dentro para decodificarlo y ojalá derrotarlo. Conoce la perversa relación que puede establecerse entre los intereses privados y los públicos; la capacidad de corrupción del primero y lo corruptible del segundo. Sabe bien cómo funciona el mundo de los negocios; los rectos y los torcidos. Y tal vez por eso ha logrado avanzar rápido y pisando sobre seguro. Tiene ya al menos 35 nombres identificados, con compromisos en el escándalo Oderbrecht que es el hilo de la madeja que ha empezado a halar. Con la corrupción en el ADN empresarial, la constructora brasileña ha dejado su mala huella en todo el país con obras mal ejecutadas, sobrecostos y mordidas. Martínez tiene en la mira no solo a los funcionarios públicos -que son los que primero caen- sino directivos de empresas del sector privado y miembros de juntas directivas. Crece el desfile por la Fiscalía. Las comisiones, prebendas, coimas y trampas ligadas a una contratación publica cada vez más concentrada que se refleja en la pésima distribución de la riqueza en Colombia que coloca el país entre los de mayor desigualdad de América Latina sin rendijas para que millones de personas encuentren caminos de oportunidad hacia vidas mejores. Una desigualdad y una pobreza asociadas a la corrupción. ¡Y da asco! El mismo asco que da ver de nuevo a los narcos pasearse campantes, desbocados, desafiantes, destruyendo vidas. El narcotráfico como gasolina del conflicto y de la violencia urbana que ha ido configurando una mentalidad transformada en un perverso y abusivo comportamiento ciudadano. Una mentalidad que invita a tolerarlo todo, justificarlo todo, racionalizarlo todo y sobre todo cuando el comportamiento tiene como propósito el éxito, el dinero, el aplauso, la satisfacción de la codicia personal. Con un producto tan acabado como Donald Trump.Da asco y rabia enfrentarse a la realidad de que un transgresor como él, experto en el atajo, en buscar la línea del medio entre lo legal y lo ilegal para conseguir los propósitos se corone en la Casa Blanca, en el cargo más poderoso del mundo capaz de romper cualquier equilibrio y de poner a temblar aún más la naturaleza. Llega con su carga de cinismo, de vulgar triunfador, forrado en oropel, deslumbrando con sus dólares y con los millones que posee él y los que lo rodean -su gabinete acumula US$4.500 millones-, a descuadernar más el mundo; llega como el peor ejemplo a seguir. Da rabia, indigna que Donald Trump aparezca como un triunfador amoral, dispuesto a aplastar a los humildes, a los débiles, a los desprotegidos en nombre del éxito de unos pocos.Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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