Nuestras negras

Nuestras negras

Diciembre 16, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

El debate público que se abrió en torno a la foto de las dos empleadas negras, colocadas como esfinges en la ostentosa mansión de Ciudad Jardín, es enriquecedor. Llama a la reflexión. La desafortunada imagen, sobre la cual no sólo no tiene responsabilidad sino que estoy segura no hubo ninguna intencionalidad por parte de Rosita Jaluf de Castro ni de su hija Sonia, la dueña de casa, provocó sentimientos insospechados. Al fotógrafo de la revista Hola, encargado de construir la imagen para ilustrar el malogrado artículo, probablemente lo único que le interesaba era lograr un buen encuadre, de ahí la casi perfecta simetría de las dos empleadas, respecto de las tres generaciones de mujeres Jaluf sentadas en el sofá. Desde el punto de vista estético debió quedar satisfecho, sin calcular lo explosiva que podría resultar su imagen. Esta fue tan efectiva, que en el rechazo crecía de manera exponencial a medida que twitteros y amigos de Facebook compartían la foto en las redes sociales.Los caleños hemos tenido mujeres negras cerca, toda la vida. La mayoría de las niñeras, 'las de adentro' y las cocineras de las casas han llegado al rebusque en Cali, de algún pueblo perdido y miserable de la Costa Pacífica. Para la generación anterior, las mujeres negras no tenían opción distinta a emplearse en el servicio doméstico en alguna ciudad, principalmente Cali. La relación que se establece entre empleadores y el servicio doméstico es compleja: una combinación de mando y servilismo y afecto. Aunque conviven con las familias pudientes las 24 horas del día, la mayoría de personas ni siquiera entablan diálogo con ellas ni realizan demasiadas averiguaciones sobre sus vidas. La foto de la revista Hola refleja esa realidad llevada al extremo: las mujeres del servicio doméstico, -y no solo las negras-, forman parte del paisaje. En el caso de la imagen de Hola, forman parte de la decoración. Y esa es la fuerza de esa poderosa imagen. Hace las veces de una buena caricatura: desnuda la verdad. Las empleadas domésticas -en algunas familias les dicen de frente “sirvientas”-, conviven en las casas, duermen internas incluidos los fines de semana, cuidan los bebés, recogen los niños en el bus escolar y los acompañan y entretienen en las tardes; ayudan a criarlos con afecto, preparan sabrosas viandas que otras sirven en la mesa del comedor. Y sin embargo son seres invisibles. Sin apellidos, sin historias personales, sin sentimientos y mucho menos opiniones. Sin derecho a exigir, ni siquiera pedir. Cualquier requerimiento que trascienda lo que los patrones pagan y las condiciones que les ponen para trabajar, resulta un atrevimiento. Un irrespeto. De manera que deben conformarse con lo que se les da. Crecimos e interiorizamos esa relación injusta y desigual, al punto de que nos parece lo normal. Si esto no es discriminación racial, ¿qué es discriminación? La discriminación se ejerce en la cotidianidad. Silenciosa, con guantes blancos. Humillación discreta y con buenas maneras que es la que más ofende. En Cali hay un millón de negros. Cinco millones en Colombia, de los cuales sólo pocos logran despegar. A los trancazos. Porque el racismo está sembrado en el corazón. La foto es una mera ilustración. Por eso duele.

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