Nostalgia de grandes

Julio 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La Convención Demócrata que proclamó candidata presidencial del partido a Hillary Clinton me produjo una nostalgia imbatible. Qué ganas las que dan de poder algún día dejar de ver el juego democrático en Colombia desde las tribunas como un espectáculo deplorable de actores mediocres y cínicos, repitiendo libretos insustanciales, estragados con la palabrería de los discursos vacuos, deslegitimados y tramposos. De no tener que escuchar sandeces y mentiras en la radio cada mañana; palabras necias, babosadas y evasivas sin compromisos de quienes han sido elegidos para responder por los destinos de las mayorías. Qué ganas las que dan de ver abrirse las compuertas de la participación ciudadana y revolcar las reglas amañadas y sucias construidas para atajar talentos briosos; construidas para asegurarse mejor de que sean los vivos los que lleguen y se atornillen en los cargos y los puestos, los mismo con las mismas, y quienes ya están se atornillen en los cargos para bloquear la renovación, la entrada al campo de los jugadores de las grandes ligas, campeones del juego limpio respaldados por vidas ejemplares desvestidas de retórica o pasados de papel. Qué ganas las que dan de poder tener grandes en la política, como Bernie Sanders, como Michelle Obama, como Joe Biden, como el Barack Obama que vimos anoche en la Convención Demócrata, con humanidad y pasión, con convicción, con coherencia y profundidad. Yo sé, esas son palabras mayores, pero su existencia estimula a pensar en que a Colombia le llegó la hora de dar un salto cualitativo que permita salir del pantano y volar alto. Su elección, ese 4 de noviembre del 2008, fue una fiesta de jóvenes, de recién llegados a las urnas que confirmaban que su voto contaba. Un momento promisorio. Porque si algo logra Obama es inspirar, como los líderes de verdad; aquellos tan esquivos y escasos que mueven ideas y actúan en consecuencia, que nuestras generaciones no hemos conocido en Colombia. Sereno, honesto y emotivo. Siembra esperanza. Sin demagogia ni populismo, habla sin tapujos ni clichés y es con ese lenguaje directo y llano, cierto, con el que ha logrado movilizar al rededor de la promesa de unos Estados Unidos; unidos por encima de las razas, de los colores partidistas, respetuoso de la diversidad, en los que el trabajo honrado sea el motor del progreso individual y colectivo; la promesa de unos Estados Unidos dispuestos a sanar heridas y reparar resentimientos que Donald Trump quiere reabrir a toda costa. Qué distinto sería que en este momento crucial de Colombia contáramos con un Presidente y unos dirigentes capaces de transmitir el significada de la paz soñada. Pero no, ni él, ni César Gaviria ni el combo de políticos que lo acompañan -con Roy Barreras como director de orquesta-, son los propios. Forman parte de esa camada de políticos pragmáticos y sin convicciones que hacen del cálculo y la milimetría su arma de adhesión; saben de sofismas y golpes bajos y traiciones; de la polarización como argumento de triunfo. Pero no saben de grandeza. Les pesan pasados sombríos con decisiones por aclarar. Carecen de la fuerza y la consistencia y la estatura moral que demanda la tarea de convocar y convencer de las bondades del camino de la paz. Esa paz que solo se logrará con el entendimiento entre los colombianos alrededor de un propósito común. Que aún no sabemos cuál es.

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