Muñoz vuela alto

Junio 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Conocí a Óscar Muñoz hace 30 años en su sencillo estudio, vecino de la casa solariega del barrio El Peñón donde Maruja, su mamá, nos recibía a conversar entre pajareras repletas de canarios, canarios y más canarios, que ella con su oído afinado reconocía por el timbre de sus cantos. Y los bautizaba con nombres con los que homenajeaba sus propios recuerdos Rigoletto, Pavaroritti. Llegué donde los Muñoz por su hermana, la entrañable Astrid, compañera de sueños y de literatura a quien conocí durante mi efímero paso por la Facultad de Letras de la Universidad del Valle y desde entonces le he seguido la pista al trabajo de Óscar. Muñoz era un artista desconocido, graduado en Bellas Artes en el Conservatorio de Cali, callado y discreto como nunca ha dejado de serlo, que no llegaba a los 30 años y no hacía más otra cosa, como lo ha hecho siempre que trabajar y trabajar. Dibujaba entonces carboncillos sobre papel. Le sacaba al lápiz todas las sombras, los matices, las luces y los oscuros posibles para producir finalmente unos dibujos escuetos y sobrios. Realistas, mejor, hiperrealistas y repintados, ajenos a la sutileza con la que se expresa hoy, unos trazos tan efímeros como la vida misma. Esas líneas de grafito con los que dibuja mil veces su rostro que deconstruye y reconstruye en el fondo de un recipiente de agua o a través de unas imágenes proyectadas sobre muros blancos que son una metáfora del pozo profundo de la memoria donde los recuerdos permanecen asentados a la espera de tomar vida o de borrarse para siempre. Son 40 años de trabajo tomando fotos, juntando piezas, rayando líneas, grabando videos, experimentado en una búsqueda de expresión a través de todos los medios y técnicas posibles, pero siempre remitiéndose a su entorno personal. Casi íntimo. Se alejó de los lápices y los lienzos, para buscar el aire, el fuego, el agua para describir la existencia y la partida. Esa impresionante experiencia en donde se mira a sí mismo como un reflejo en el agua hasta que se seca y queda en carboncillo el rastro de la imagen. Una fijación tan clara y consciente de ese mundo propio que se asoma a través de su rostro que forma parte de su exposición y que bautizó con elocuencia como Narciso. Este oficio creativo de cuatro décadas de memoria en variados formatos lo recogió en una gran retrospectiva llamada Protografías. Una gran exposición que se inauguró en la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá, que estuvo en La Tertulia de Cali y también en Buenos Aires y Lima, acaba de llegar a París. Y nada menos que al Jeu de Paumme, el palacio que dejaron los pintores impresionistas para albergar ahora a los grandes artistas contemporáneos. Y Óscar Muñoz está entre ellos con sus dibujos, sus trazos sobre baldosas y cortinas de baño, sus grabados, sus fotografías y sus videos. Nadie hubiera imaginado ver al tímido Óscar Muñoz y al otro también tímido Andrés Caicedo conquistar el mundo de las artes y la literatura -la publicación de ¡Que viva la música! en inglés (Liveforever) como un clásico de Penguin ha tenido positivas reseñas en la gran prensa inglesa- con un trabajo creativo nacido en el tranquilo mundo de la Cali de los años 70, el querido terruño desde el que nunca salieron y que ha inspirado a tantos.

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