Monstruo uniformado

Marzo 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

El coronel Luis Fernando Borja confesó haber participado en 57 asesinatos de jóvenes inocentes cuando dirigía la Fuerza de Tarea Conjunta de Sucre en 2007. La muerte de cada muchacho, sincelejanos pobres, cuyos cadáveres vestían con botas y les colocaban un arma eran reportados como una ‘baja’ o un ‘positivo’, considerado un éxito militar que sumaba para los ascensos. El expediente contra Borja es un mamotreto enorme que reposa a la entrada del Juzgado Único Especializado de Sincelejo. Constituye una de las pruebas más dramáticas y fehacientes de los llamados ‘falsos positivos’, una práctica aceptada dentro de algunos sectores de las Fuerzas Militares que terminó finalmente judicializada. Borja se acogió a sentencia anticipada y le contó a la Fiscalía la manera como operaba aquella macabra operación de asesinatos extra judiciales que formó parte de las misiones tácticas Jabalí No. 45 y Apolo que lideró entre febrero 2007 y junio 2008 en Sucre. Los soldados que participaban en la empresa criminal tenían libertad de horario y movilización, iban de civiles, armados y en motos. El mundo era de ellos. La cadena era casi perfecta. Julio Chávez, un civil que en Sincelejo llamaban ‘la Mosca’ tramaba sus víctimas, el soldado Iván Darío Contreras las transportaba a parajes rurales donde se las entregaba al cabo Gamboa, quien las daba de baja. El coronel reportaba oficialmente el hecho con detalles como lo que era: un libreto previamente preparado. Describía el escenario, el uniformado que había oprimido el gatillo, los tiros escuchados, la posición de los cadáveres, la hora, el clima. El levantamiento era lo de menos, porque por lo regular el juez realizaba la diligencia en las instalaciones de la Fuerza de Tarea Conjunta. Fabio Alberto Sandoval, por ejemplo, se despidió de su mamá en un barrio pobre de Sincelejo, una tarde de noviembre de 2007. Salió sin dar explicaciones. A las cinco llegó a la zona de Galeras en una moto conducida por el soldado Contreras y con Gamboa como parrillero. En las declaraciones el coronel Borja cuenta que, según el reporte de sus subalternos, el muchacho iba en abarcas y mal trajeado y que llevaba un arma que le acababan de entregar. Se pone nervioso, dice, en el momento en que la moto irrumpe en un camino de barro colorado. A la entrada de la finca hay tres soldados imberbes que ya saben lo que pasará. El muchacho no sabe si correr o disparar. Avivado por sus compinches previamente preparados, Sandoval dispara al aire. Los soldados se tiran al piso y lanzan ráfagas para confundirlo. En medio de la confusión el cabo Gamboa desenfunda su arma y le dispara dos tiros fulminantes. El joven aparece un par de meses después en una fosa común con botas pantaneras. Meses después, en un hogar del barrio Bolívar de Sincelejo, a María le llega la noticia: su hijo acaba de ser reportado como dado de baja por las tropas cuando trataba de asaltar una finca en Galeras. El coronel Borja repitió este horror con 56 muchachos más. Terminó condenado a 200 años de prisión que con las rebajas de pena serían 101. Lo juzgó la Justicia ordinaria. ¿Qué hubiera sucedido si el caso hubiera terminado en un tribunal militar? Un buen ingrediente de reflexión para el debate sobre el fuero militar.

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