Mi amigo Emilio

Junio 15, 2017 - 11:45 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Cuando pienso en Emilio Garcés, ‘el Mono’, pienso en la palabra libertad. Libertad atada a la autonomía, la independencia, la lealtad consigo mismo, con sus convicciones, con sus certezas pero también con sus deseos y apetencias, como aprendió a decir en España, que prefería no traicionarlas. Su vida se vuelve fuerza inspiradora en un medio gobernado a veces demasiado por deberes y obligaciones ajenas, por reglas impuestas, por formalismos inútiles, por una mansedumbre abyecta frente a la que Emilio se reveló sin discursos, con su actitud personal.

Esta manera consistente de vivir, a su aire, iba unida a algo que compartimos siempre un como motor invencible de entusiasmo y energía: la curiosidad. Curiosidad por los instintos y las emociones insondables de los seres humanos, pero también por la creación, por la cultura, diversa, compleja, por la ciudades todas, por el inmenso mundo sin límites que Emilio se propuso descubrir con sus propios ojos. A pesar de ser médico, le creía a sus intuiciones y a sus impresiones, más que a cualquier cosa.

Le gustaba cumplirle citas a la historia. Y de allí la facilidad con que, ligero de equipaje, compraba un pasaje de avión y emprendía la marcha con una capacidad asombrosa de llegar a las calles más recónditas, descubrir lugares, sin torpezas de turistas –odiaba las guías de viaje, las recomendaciones-, las estrellas de los restaurantes, porque parte de su desafío de viajero fue tender trampas y esquivar las imposiciones comerciales para entregarse a los secretos vernáculos de cada lugar y de su gente; lo auténtico. Lo mismo que buscaba en Cali con el sabor del patacón, el jugo de lulo y el sancocho, y que encontraba finalmente en los circuitos paralelos y en el diálogo con la gente humilde de la que tanto aprendía. Odiaba la televisión y la llamada posmodernidad y el bombardeo consumista lo enfrentaba con austeridad, huyéndole a la tentación de las vitrinas, asumido como una causa de resistentes, con el sello de originalidad que defendió hasta en la forma de ejercer la medicina.

La Barcelona del ‘Mono’ donde vivió casi 60 años, era única, con comederos y ‘metederos’ propios, con recorridos que volvía inmortales como el de la calle Fernando en el barrio Gótico. Pero también su Nueva York de Christopher Street, o la Venecia del Carnaval, o el Amazonas amansando la corriente en un desvencijado aparato de madera en el que embarcó a Merche -nuestra querida amiga catalana- y a su sobrino Alejandro. Un viaje inolvidable que nunca terminó de recrear con sus exageraciones sublimes hasta cuando ya no pudo volver a ligar palabras ni conectarse con sus recuerdos.

El rumbo del último destino se lo marcaban los hechos conmovedores de la actualidad o las pesquisas de cinéfilo empedernido, la creatividad y el arte o el universo cerrado de algún libro cuya lectura asumía con devoción íntima. Cuando la traicionera enfermedad empezó a asecharlo sin tregua y lo fue enterrando en el pozo del olvido, sólo la belleza de un James Dean imbatible en su Rebelde sin causa, le devolvía las carcajadas de divertimento o complicidad perversa.

‘Mono’ querido, querías tanto este mundo que te costó soltarte, pero allá estás riéndote, prohibiendo llantos o lamentos de funeral, mientras yo sigo aquí encallada en la nostalgia.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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