Lycra, bótox, silicona y tacones

Agosto 30, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Nos persigue a las mujeres el fantasma de la juventud que llega con la estúpida fantasía de creer que es posible detener el tiempo con su huella imborrable. Fallida pelea cuyo resultado es nefasto. Una mezcla de lycra forrando curvas, silicona poniendo senos y colas artificiales, bótox disimulando arrugas y uno altísimos tacones de plataforma con los que se busca aumentar la estatura para disimular las caderas. Me aterran las imágenes de tantas mujeres de mi generación transformadas en cuchibarbies, las cuchas (adultas mayores) con figura pretendida de muñeca Barbie, buscando aparecer atractivas de escotes y torso forrado de lycra, pantalones stretch o descaderados, de melena larga y aretes colgantes, pestañas postizas y ojos quirúrgicamente estirados enmarcados por unas cejas artificialmente arqueadas. Un desfile silencioso de rostros y cuerpos reconstruidos, mejor decir, intervenidos, que no dejan de ser patética demostración de batallas perdidas contra el paso del tiempo. El tiempo y su ineludible paso que ha sido obsesión de filósofos y pensadores a través de siglos y civilizaciones pero en cuya comprensión poco se ha avanzado. Nada distinto a insistir en que la sabiduría está en saber asumir que cada edad tiene su encanto. Porque contrasta tanta confusión con reflexiones sensatas de mujeres, europeas en su mayoría, sobre la sabiduría a la hora de envejecer. Sobresalen las francesas, quienes a pesar de ser quienes más invierten en el mundo en el cuidado de la piel –US$2,2 billones al año-, envejecen con gracia. Sin angustia aparente. Se aceptan como son. Se visten y calzan con comodidad. Sin disfraces. Ropas coloridas y sueltas acompañadas de pequeños detalles que marcan la diferencia: una pañoleta de seda bien puesta, un collar, un prendedor, una cartera original. Con simplicidad. Maquillaje discreto, sin excesos, sin el afán de esconder tras espesas capas de base, las inocultables arrugas. Caminan para mantenerse en forma, ausentes de las extenuantes jornadas en altísimos tacones. Mente ocupada y serenidad, como si la belleza fuera una tradición cultural incorporada a la cotidianidad, que se acepta y maneja con naturalidad. Decirlo suena fácil, pero ¡ah! complicado que resulta saber aceptar la realidad de los años. Pero sin duda, saber envejecer resulta un tema más de la mente y de actitud vital que de maquillaje, bótox o bisturí.Una reflexión que podría sonar banal, pero que en el caso colombiano tiene una directa relación con aquello que es ya una tradición bicentenaria: la dificultad, cuando no imposibilidad de aceptarnos como somos, como país, como sociedad, como cultura, con lo bueno, lo malo y lo feo; incapacidad de mirarnos al espejo, hacia nosotros mismos. Sin arribismo ni pretensión, con naturalidad, lo que nos haría de Colombia un país mucho más sólido y serio, y la vida más fácil y grata para todos.Addendum. Nunca se había vivido tanta solidaridad como la que ha despertado la movilización campesina, por lo justo de sus reclamos. Inequidades que todo el mundo conocía menos el Presidente y Juan Camilo Restrepo, un ministro que nunca escuchó el sector y quien después de tres años se fue tan campante, ¡dejando un mundo rural incendiado!

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