Las memorias

Noviembre 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Además de la literatura, los libros de memorias son mis preferidos. No son biografías, porque lo que prima es el punto de vista personal que algunas veces, gracias al poder de la palabra y la sinceridad frente a los acontecimientos y las emociones, logra volverse universal como ocurrió con el relato de Héctor Abad Facciolince con El Olvido que seremos. O La memoria por correspondencia de Emma Reyes, que dormían en el archivo personal de Germán Arciniegas hasta que su hija Gabriela las rescató para convertirlas en este hermoso libro que relata la crueldad de una infancia pobre en un orfelinato y los años de soledad conventual en la Bogotá de los años 30 de esta mujer que por los azares del destino se transformó en una reconocida pintora en París. Las memorias son conmovedoras y potentes cuando son introspecciones que permiten navegar en lo profundo del ser humano.Íngrid Betancourt lo logra con No hay silencio que termine. Nos sumerge en tres realidades tan profundas como insondables y complejas de sus 7 años de cautiverio: la de su alma -contradictoria y rebelde-, la de la selva con sus misterios y amenazas y la de la locura de la guerra, con las Farc como protagonista. Íngrid quiso terminar con el silencio, revelar secretos que no dejó enterrados en la selva. Descendió a los infiernos pero a diferencia de las narraciones de los otros secuestrados, plagadas de anécdotas exteriores y reiterativas, la de Íngrid es una historia llena de fuerza y sentimientos. No es una catapulta a la vida pública, sino una invitación a ahondar el alma humana. Sin concesiones ni controles. Son una reflexión sobre la condición humana. De lucha por la supervivencia frente a la adversidad de la naturaleza furiosa y la crueldad de este grupo armado. Una mezcla de detalles y pensamiento. Sin sectarismo ni posiciones ideológicas, el libro aporta elementos para entender la lógica infernal de la guerra, del conflicto colombiano con unas Farc degradadas, acorraladas pero no vencidas, hinchadas de soberbia que se mueven en un escenario desconocido, al otro lado del río Magdalena. Las 700 páginas son un recorrido por la gama de estadios emocionales que conoce el ser humano, que pasan por la humillación y la rabia, el rencor, la envidia, la maledicencia, el odio, la soledad, el dolor. Briznas de ternura, poca alegría y mucha desesperanza.No ocurre así con el libro Cautiva de Clara Rojas, un espejismo en el que resulta incapaz de afrontar las paradojas de los sentimientos y la sin razón que la lleva a escabullirse cobardemente en una hilazón de anécdotas tan superficiales como banales. Y tampoco con las memorias de Álvaro Uribe, No hay causa perdida. A pesar de su tono narrativo en el que combina momentos de la vida de la infancia, los padres, la familia, dolores y tensiones producto de la violencia colombiana, el libro no convence porque finalmente es una narración con intencionalidad. Se trata de un relato construido para justificar las actuaciones públicas de un gobernante, sin el espejo de la conciencia y el corazón del protagonista, como ocurre tristemente con todas las memorias de los políticos que deberían callarse y dejar que la historia los juzgue. Y punto.

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