La retórica de la educación

Agosto 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

El presidente Santos colocó la educación como uno de los bastiones de su gobierno. Esta vez no habló de las locomotoras que finalmente nunca arrancaron. Habló de ejes prioritarios para avanzar hacia la paz. Hizo promesas presupuestales que responden a necesidades apremiantes. Sin embargo nada es coherente. Nombró como ministra a Gina Parody una persona totalmente ajena al sector, en contravía de las solicitudes que le hicieron todas las organizaciones vinculadas con el tema que le insistieron en no repetir la historia de tener que comenzar de ceros con simple experiencia gerencial como punto de partida. Santos actuó a su amaño y optó por la línea que conoce, la de la política. Nombró una ministra entusiasta y bien intencionada, audaz y moderna pero que tendrá que hacer el curso desde kínder frente al desafío de ejecutar bien un presupuesto billonario en el que la educación no será ese vector de cambio que debe superar los temas simplemente presupuestales, de cupos, curriculums y aulas. No se requieren gerentes sino pensadores para regir la educación. Pensadores con una visión orgánica capaces de responder a las urgencias de una sociedad como la colombiana. Educadores. Para que actúen como orientadores en la formación de una ética ciudadana, de convivencia civilizada, de respeto del interés público sobre los voraces intereses individuales, de respeto por el otro. Capaces de liderar una verdadera cruzada ciudadana que estimule la reflexión y el pensamiento, que invite a repensar el país, con complejidad, con lucidez. Un ministro de Educación debería ser punto de referente obligado como ser humano y como líder frente al momento de confusión del país y del mundo. La Educación con mayúscula, tendría que ser el lugar de convergencia pero también de trasversalidad, de todos los sectores y las políticas de Estado. Y los ministros los animadores de los debates de fondo sobre el país que hay que reconstruir después de estos largos años de violencia y de conflicto que tanto daño han hecho. Ese país que es urgente rearmar, casi que reinventar, con cimientos sólidos con los que habrá de enfrentarse y borrar la huella nefasta del narcotráfico, con su poder corruptor, del que aún no nos recuperamos. Un ministro de Educación debería sentar cátedra de valores, liderar una gran movilización ciudadana de todos los agentes sociales, de los sectores educativos y las instituciones públicas y privadas en torno a la necesidad de rescatar y redefinir principios y normas de comportamiento social de convivencia para volver a formar gente de bien, como decían los antiguos, y revalorizar la importancia del trabajo honrado como motor de la sociedad. En fin debía ser un guía capaz de construir ejercicios pedagógicos a partir de hechos cotidianos. Una persona inspiradora especialmente para los jóvenes capaz de advertir el nefasto camino que han tomado muchos de la generación de los mayores que le apuestan al atajo, a la trampa, al fraude y al engaño para obtener prebendas personales. Debía ser un pedagogo y no un político y el Presidente tomarlo como el nombramientos de un gabinete ministerial para sacar el tema de la retórica y volverlo el compromiso transformador que tanto se requiere.

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