La posverdad

Mayo 11, 2017 - 11:55 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Las mentiras tienen ahora un rimbombante nombre: la posverdad. Un término acuñado desde que se refiere a la realidad virtual que se construye sobre el rumor, la información sin constatar y la simulación que alimenta las redes sociales y que llegó a su culmen en la campaña de Donald Trump.

Trump ganó con mentiras y gobierna con mentiras. Mentiras que apelan a la emotividad que confunde a la gente con el único propósito de conseguir seguidores, adeptos o votantes. De allí el rechazo de Trump a la prensa seria y responsable que con el ojo crítico, la investigación y los datos busca desenmascarar los embustes y el engaño corriendo el velo hasta llegar a la almendra de los hechos. Un pulso entre medios y poder, que por lo menos en Estados Unidos, está ganando el presidente con una desfachatez que abruma y sin argumentos pero con la vehemencia de los sofistas ha conseguido imponerse.

Del universo de la posverdad forman parte las verdades a medias que han hecho carrera en Colombia. Una práctica en la que el expresidente Álvaro Uribe es un verdadero maestro. Se parte de una premisa cierta que, a punta de hipérboles y tergiversaciones, termina desvirtuando los hechos y construyendo mentiras. Esta es una constante en la artillería contra los Acuerdos de Paz que buscan crear una falacia: que Juan Manuel Santos le entregó el país a las Farc en las negociaciones de La Habana. Nada más apartado de la realidad. Pero se corre la bola, se repite sin reflexión ni sustento fáctico pero eficaz con resultados sin precedentes como fue la derrota del Plebiscito que cambió radicalmente el escenario político del país.

La fuerza de estas mentiras a medias que generalmente movilizan emociones asociadas a sentimientos primarios como el miedo, en grandes colectivos sin capacidad de discernimiento, puede tener efectos demoledores. Ese fue el motor que llevó al triunfo del voto inglés en favor del Brexit cuyas consecuencias son impredecibles, presente también en el inesperado triunfo de Trump que no tuvo empacho en mostrar a su contendora Hillary Clinton como una delincuente tramposa que él mismo encarcelaría, para después de su triunfo pedir unas inútiles disculpas cuando ya la desinformación había hecho el daño.

Las mentiras hacen carrera hasta volverse imposibles de confrontar y los supuestos falsos se instalan en el imaginario contra una loza de mármol inmodificable.

Colombia no es ajena al fenómeno que empieza a gobernar el debate público. Una situación que se complica aún más cuando entra a jugar la religión en una mezcla de púlpito, oración y política, que por la vía de decisiones electorales o de consultas populares, puede llevar a cualquier lado. Ocurrió con las famosas cartillas de educación sexual en los colegios, que a punta de falsas verdades, llegó en forma de temor a La Habana y terminó siendo una variante electoral definitiva. La coalición alrededor del Centro Democrático que empieza a formarse con las iglesias cristianas como variante fundamental, advierte un escenario complicado de cara a las elecciones del 2018 en el que la posverdad se convierte en una nueva forma de locura colectiva que contagia y destruye la interacción social. Y confunde de una manera incontenible y azarosa.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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