La olla política

Abril 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La lista de candidatos para ocupar la Alcaldía de Cali desmoraliza. Y muy especialmente por el poquísimo, por no decir nulo arraigue que tienen con la gente a la que no le representa nada. Según la última encuesta de Polimétrica, Angelino Garzón, después de todas las vueltas que ha dado en la política nacional, va en claro descenso, perdiendo 15 puntos en tres meses, colocándolo de puntero entre todos los candidatos con un discreto 15% de posibles electores. Y de allí se desploma la lista: le sigue con un 8% Roberto Ortiz, conocido como el ‘Chontico’, el chance caleño que reina entre los sectores populares, pero a quien no se le ha conocido la voz ni propuesta alguna en su periplo por la Cámara de Representantes. Con él regresaríamos a los tiempos del populismo barato de John Maro y Apolinar Salcedo Caicedo que tanta desventura trajo. Y luego Clara Luz Roldán, María Isabel Urrutia, alimentadas de la manzanilla política conocida con sus vicios y mentiras, y ocho nombres más que se mueven casi que en el margen de error. Germán Villegas quien ha sido de todo, alcalde, gobernador y senador no cuenta con más de un 3% potencial de votantes, con lo cual queda en evidencia que la gente está exhausta de más de lo mismo. Pero nadie en Cali es capaz de hacerse a un lado.Este deplorable escenario electoral confirma que los liderazgos ni en Cali ni en ninguna parte se decretan, ni se imponen, ni se improvisan. Estos se construyen en el tiempo a través de la vida, de actuaciones con impacto social y significación pública relevantes para la comunidad. La respuesta ciudadana de apatía y desinterés por los candidatos constatan que entre ellos no hay un líder. Se ha querido creer en estos tiempos de banalidad postmoderna que todo lo vuelve efímero, que la trayectoria de las personas no cuenta ni marca la diferencia. Que es igual tener una vida consistente para mostrar a ser un candidato de ocasión, un producto artificial salida de un capricho respaldado con buenas cuentas bancaria. Pero no es así. El ramillete desconsolador de candidatos es reflejo de una crisis más profunda. La crisis de la política de la región que empezó en los años 90 con el llamado proceso 8.000 que llevó con dineros del narcotráfico a Ernesto Samper a la Presidencia junto con decenas de políticos al congreso, asambleas y consejos. Cali y el Valle fueron el epicentro de la narco-corrupción manejada por los barones del Cartel de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela que pasarán a la historia por haberlo contaminado todo. Por haberse inventado la narcopolítica, por haber entronizado los antivalores en la vida pública de la ciudad. Por haber sumido a toda una sociedad en una atonía moral de la que aún no se recupera. Cali quedó herida y aquella dirigencia que se forjó en los tiempos del desmadre, de la toma de la cultura mafiosa, continúa sin los bríos ni la solidez que se requieren para ser referentes, los bastiones morales que toda sociedad necesita. De allí que no sea una casualidad que ciudades como Medellín o Barranquilla hayan podido construir dinámicas electorales renovadas mientras que Cali sigue postrada y después de momentos de esperanza como el que marcó la llegada de Rodrigo Guerrero a la Alcaldía tristemente se esté regresando al pasado.

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