La hora de los negros

Agosto 16, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Caterine Ibargüen, una negra con una fortaleza y una alegría curtida en las barriadas pobres y violentas de Apartadó logra un triunfo impensable: coronar en el Mundial de Atletismo en Moscú. Y como el de ella la lista de triunfos de los de su raza, siempre pobres, siempre desafiados por la adversidad, siempre apoyados en su talento y el afecto de sus familias extensas, es larga. Una lista triunfal en el deporte, en la música, en el baile, en la creatividad.Son unos luchadores individuales. Su incursión en los propósitos colectivos, en la política ha sido por lo general fallida. Calamitosa. Buenaventura, una población completamente negra, así como el Choco todo, cuenta con una de las dirigencias política más corruptas del país. Los presupuestos que gobierno tras gobierno les han transferido han ido a dar a un hueco sin fondo. Reproducen los peores vicios de la política tradicional: clientelismo (como el único empleador es el Estado, multiplican los puestos públicos y los entregan a dedo), y la corrupción. No construyen institucionalidad ni procesos que beneficien los intereses generales. El mejor ejemplo ha sido el senador Juan Carlos Martínez. En sus años de gloria, cuando llegó a ser el vicepresidente de la comisión de Presupuesto del Congreso, nunca pensó en su gente, en Timbiqui, en Guapi, en los asentamientos enlodados de la Costa Pacífica. El poder lo usó en beneficio propio para alimentar el ego, multiplicando su séquito y los contratos para engrasar la maquinaria electoral y acceder a lujos. Buenaventura fue su fortín político y económico y construyó una estructura de poder capaz de bloquear cualquier iniciativa de gobierno que se salga de su control. Como si se tratara de una fatalidad inmodificable la historia se ha repetido sistemáticamente: ocurrió con Apolinar Salcedo en Cali, con el difunto Campo Elías Terán, para citar solo dos ejemplos próximos.Se quejan de racismo y de falta de oportunidades. Hablan de la famosa deuda histórica que se traduce tristemente, y con frecuencia, en aprovechamiento cuando resultan las oportunidades. Tienen razón en quejarse de la exclusión. En Colombia hay cinco millones de afros, de los cuales más de un millón vive en Cali y su acceso a los puestos de decisión y de poder limitadísimo. Por no decir, casi nulo. Que se recuerde ha habido solo un miembro de gabinete negro: Paula Marcela Moreno, la ministra de Cultura que llegó impuesta por los acuerdos del TLC. El mayor ejemplo de la dignificación de una condición, azotada por siglos, con la humillante condición de la esclavitud en el pasado de cada uno de ellos, es Barak Obama. Sin remover resentimientos, ni odios ancestrales; sin dejarse atrapar por el arribismo inmediatista del poder, acudió a su identidad, a sus raíces colocándose por encima de las diferencias y puso a un país entero a soñar. Logró y esto fue marcado especialmente en la reelección, darle expresión política a las minorías no solo negras, sino latinas, asiáticas. A los negros de Colombia les llegó la hora de dejar de celebrar las glorias individuales y empezar a construir un colectivo que tenga voz y expresión política. Un espacio que no se logra con actitudes mendicantes sino con identidad y sin traiciones.

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