La hora de la mamografía

La hora de la mamografía

Febrero 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Con el año que comienza y cuando el candelario nos empieza a marcar, los chequeos anuales se vuelven obligatorios. Sobre todo la más tensionante y aburridora de todas: la mamografía. El supuesto no es que se está sano y que todo va a salir bien, sino que muy por el contrario la amenaza del cáncer ronda. Se ve en la cara de las mujeres que esperan con tensión y miedo entrar al examen y luego, con el susto que nadie esconde en los rostros, esperan el resultado. El silencio es rotundo. Nadie habla, nadie comenta. En un ambiente paranoico, cada quién intenta mantener la calma en su propia silla, sin palabras. Creo que algo parecido ocurre con los hombres y la próstata, solo que entre ellos se comenta menos, se socializa poco y es una experiencia más privada en tanto no existen las salas colectivas de este examen especializado ni la capacidad verbal que tenemos las mujeres. Es la amenaza del cáncer la que invade, visto como la epidemia del Siglo XXI, el cáncer como un campanazo, el cáncer como la zozobra. Se desdibuja así el espíritu de preventivo de estas pruebas, que está orientado a poder combatir oportunamente la enfermedad y se impone entonces el sino de la fatalidad. Pero, ¿qué es lo que ha cambiado? Y de esto he hablado en otras oportunidades: la relación del médico con el paciente y del paciente con la enfermedad. El médico dejó de ser el sanador aquel que conoce la historia familiar y que por tanto aborda las dolencias de otra manera. El de ahora es un médico impersonal, así como la tecnóloga que realiza el examen y luego quien emite el diagnóstico. Nadie transmite confianza ni optimismo, son esperas de ceños fruncidos, de miedos frente al gran mal, que como se sabe, en muchos casos ya es curable.El médico ya no es el cómplice que ayuda a encontrar alternativas a las dificultades naturales de la vida y la salud, mira con el anteojo bajo y es capaz de generar incluso culpabilidad en el paciente, porque se demoró mucho en hacer el examen, porque los hábitos de vida, por no haber acudido antes a su consultorio. Son muchas las amigas que han pasado por esta dolorosa experiencia. Algunas lo han escrito, como María Cristina Restrepo lo hizo en su libro ‘El miedo, crónica de un cáncer ‘ y otras como Lina han armado incluso blogs, con su bitácora del proceso para ayudar a que otras mujeres asuman este aburridor momento cuando, después de una mamografía o una ecografía el médico les dice, como narra Tita Restrepo, “Es un carcinoma. Ahora solo hay quietud. El tiempo parece haberse detenido. Conversamos un par de minutos más. (…) Ante mi se abre un camino que me llevará por lugares de dolor y de angustia, un camino que debo aprender a recorrer. Me prometo hacerlo sola, sin culpar a nadie, si despertar conmiseración. Así será más fácil. La palabra muerte pasa a ser la representación de algo real, no de una eventualidad que ocurrirá en el futuro. Tengo cáncer”. Así describe María Cristina la situación de esos minutos que, por la manera como se asume el problema, le cambian la vida a la persona. Aunque no debía ser así, en cuanto lograra entenderse como un obstáculo que, como muchos otros hay que afrontar con las herramientas que la ciencia tiene. Pero lo cierto es que más que la enfermedad misma, de hecho complicada, lo más aterrador es todo aquello que la rodea: las alarmas, la zozobra, la espera, la especulación, los escenarios pesimistas, que todo se sintetiza en una palabra: miedo. Como el que se siente en una sala antes de la mamografía.

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