La generación Y

La generación Y

Junio 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

En un día de desespero y en un esfuerzo por tratar de entender a los jóvenes con los que interactuamos cotidianamente, que como se dice vulgarmente a veces sacan la piedra, le pedí a uno de ellos, a Enrique, claves para intentar entender un comportamiento que no siempre resulta fácil. Y que a veces se vuelve un ejercicio de tolerancia que requiere de mucha paciencia. Desesperan con su pasividad, con su inconstancia, con una falta de compromiso que ronda con la indolencia pero que según me explican se trata simplemente de una manera distinta ver las cosas. En mi caso los lidio en el trabajo, a otros les toca en las aulas de clase, en la universidad donde el comportamiento abúlico no es demasiado diferente. Finalmente, ¿qué les interesará, es la pregunta que nos hacemos todos? Enrique me explicó. Bordean los 30 años y algunos son menores; los llaman, la generación Y, o la generación del milenio. Nacieron entre los años 80 y el cambio de siglo. No están para comprar apartamentos, ni adquirir bienes materiales que puedan amarrarlos. Son arrendadores y no poseedores. La motivación para trabajar está más en sentirse bien; más en el gusto que en la búsqueda de estabilidad, de ascensos y promociones y menos de reconocimientos. Aquello de la estabilidad laboral les resulta chino porque ahorrar o acumular no está entre sus planes. ¡Cómo para qué! No tienen en mente la posibilidad de enfermarse y menos aún de envejecer, es el tiempo de la omnipotencia, de manera tal que para qué previsión y menos aún si se trata de adquirir deudas o programarse para una pensión. Su trabajo, como todo en ellos, es simplemente una experiencia personal. Tan efímera como vital; tan intensa como banal. Los oficios son ocupaciones para generar ingresos, actividades más que trabajos formales con las que buscan gratificación y concordancia y acomodo con su visión del mundo y no a la inversa. Se trata de vivir en sus propios términos, a su aire. Horarios flexibles sin la rutina de las oficinas ni el encierro de los espacios físicos. Un informe de Forbes reporta que al menos en Estados Unidos y Europa, los jóvenes cambian de ocupación hasta tres veces al año.Se trata pues de vivir el minuto. Al día. Una constante en un mundo que no ofrece seguridad y que por el contrario amanece a diario con noticias de catástrofes financieras, sociales y naturales. Que transmite zozobra y riesgo. Escándalos de corrupción que minan cualquier liderazgo y acentúan la desconfianza y el cinismo que toma forma en el llamado ‘importaculismo’ que destruye la vida en sociedad, anula la participación colectiva alrededor de cualquier propósito y desvaloriza el sentido de la política como la actividad transformadora y vinculante de la que todo ciudadano debería participar. Creo que a la mayoría le asquea el mundo adulto. Finalmente viven para tener experiencias. De allí el gusto por el morral, por andar ligeros de equipaje; por los viajes, por la aventura. Muy acorde con la moraleja caribe “a uno nadie le quita lo bailado”. Como si el rédito final de la existencia quedara atado al disfrute, al goce, a lo vivido gobernados por un edonismo y un individualismo invencible que comparten virtualmente. Son ellos nuestros jóvenes a quienes les tocará reconstruir finalmente el desarmado país que les dejamos.

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