La debacle caleña

Agosto 19, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Un solo dato sintetiza la caótica realidad política de Cali: la inscripción de 12 candidatos a la Alcaldía. Así sólo tres de ellos: Rodrigo Guerrero, Sigifredo López y María Isabel Urrutia encabecen el pelotón delantero, la confusión para la ciudadanía es mayúscula. Este penoso nuevo récord de Cali, refleja la atomización, el individualismo y el caos entre dirigentes y partidos. Varios de los candidatos son anónimos concejales provenientes de una cantera lamentable de personajes que han terminado de alcaldes y gobernadores, como Apolinar Salcedo y Juan Carlos Abadía con pésimos resultados como gobernantes. Otros, ciudadanos sin mayor trayectoria que simplemente por entusiasmos improvisados y con egos adormecidos resuelven lanzarse a la alcaldía de la ciudad para conformar un abanico indescifrable en el que difícilmente se distinguen intenciones y propuestas. Por simple consideración con la ciudadanía, los candidatos deberían unirse alrededor de ideas comunes en un espíritu propositivo. Las coaliciones son una herramienta de lucha política democrática que permite realizar acuerdos sobre premisas afines que posibilitan fortalecer ideas y organizar el debate electoral alrededor de programas. Pero la política se ha vuelto como el twitter en la web, una pugna de egos y llaneros solitarios que termina con victorias pírricas que no les aseguran ninguna gobernabilidad ni avanzar en propósitos transformadores. Vana ilusión fue creer que estas elecciones iban a romper el círculo vicioso para avanzar hacia la construcción de unas candidaturas sólidas alrededor de dirigentes con peso específico, historias personales y trayectorias de vida que aseguren un futuro mejor para Cali. Pocos, como Rodrigo Guerrero, marcan la diferencia. Todos tienen en común el compromiso de enfrentar la inseguridad que acorrala a los caleños. La realidad de miedo y amenaza cotidiana no es un tema de aumento de pie de fuerza. Requiere creatividad y audacia y considerar, por ejemplo, a los jóvenes como eje de una política social. Muchos de ellos terminan en las bandas criminales, las llamadas Bacrim, por falta de alternativas; crecen en el ambiente de descomposición del narcotráfico y de paramilitares desmovilizados y armados que nunca se reintegraron socialmente e hicieron de la delincuencia una forma de vida. Sería esta campaña la oportunidad para plantear la necesidad de recuperar valores y enfatizar en la manera como las actividades ilegales han desplazado las legales, absorbiéndolas en ocasiones, hasta conformar un sistema de ilegalidad creciente que contamina la sociedad en su conjunto. Sería el momento para que Cali se tomará en serio sin oportunismo ni politiquería ni el individualismo miope.Adendum. Reproduzco, por equilibrio informativo, la carta que recibí a raíz de la columna ‘Médico y paciente’ publicada la semana pasada en este espacio. Dice así: (…) hay un error garrafal, que debo aclarar, con relación a las 2 instituciones mencionadas, pues las 2 son diferentes. Es muy lamentable el caso del paciente, el señor Jorge Vallejo, quien relata que fue atendido durante año y medio, en Hemato oncólogos de Imbanaco. Esta Institución dedicada a la atención de pacientes con cáncer es diferente al Centro Médico Imbanaco. ‘Hemato oncólogos de Imbanaco’, está situada a pocas cuadras, del Centro Médico Imbanaco dentro de la zona geográfica de la ciudad que se conoce como Imbanaco, de donde deriva su nombre. Pero le reitero, es otra Institución de salud que no hace parte, ni pertenece al Centro Médico Imbanaco.

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