Jóvenes matando jóvenes

Noviembre 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Nada impacta más en este desenfrenado horror de los últimos días de París constatar que sus protagonistas son jóvenes: la nueva generación. Son jóvenes los que matan, jóvenes los que mueren. Jóvenes convertidos en carne de cañón de bando y bando. Jóvenes infectados de fanatismo en una búsqueda desesperada por encontrarle algún sentido a unas vidas sin brújula ni propósito en medio de la confusión de un caótico mundo que no los contiene, que no les ofrece caminos de dignidad y grandeza, que no los ancla. Un mundo que cada día pareciera cargarlos de más odio; más profundo y visceral.Sigo en mis inútiles intentos por entender, ¿qué hay detrás de esa mente llena de vigor y fuerza juvenil que escoge la muerte prematura, eliminarse atados al reconocimiento de un ser supremo, Alá, en la otra vida? ¿Qué los mueve a interrumpir a bala el furor de un concierto, y llevarse por delante la existencia de muchachos, tan frescos como ellos y reclamar el asesinato colectivo como la victoria de una causa? ¿Qué hay en la conciencia de esos jóvenes temerarios cuyas historias empezamos a descubrir, sin miedo al castigo, sin prejuicios frente a su propia muerte, que ha cruzado el límite para tomar el camino del no retorno que los llevará a atarse a la cintura una cadena de explosivos para detonarlos y con su autodestrucción arrastrar a quienes estén a su alrededor?Cada día son miles los jóvenes ‘y’, pertenecientes a la generación milenia, nacidos después de los años 80, sin antecedente religioso alguno, los que llegan de distintos países de Europa al territorio controlado por el Estado Islámico, en Siria, en la frontera con Iraq, preparados a ingresar al ese ejército que se propone la reconquista demencial del mundo en nombre del Islam. Muchachos hijos del individualismo, egocéntricos, nativos digitales quienes saben de comunidades digitales, pero no de solidaridad humana, son los que terminan enfurecidos contra el materialismo y el edonismo occidental aunque sometidos al nuevo autoritarismo yihadista que empieza a gobernarles sus vidas. El Islam pareciera ser la respuesta a tantos de esos interrogantes que los han sumergido en el vacío perenne del que quieren salir.“No nos divertimos con cuatrimotos sino arrastrando cadáveres de enemigos” decía con una sonrisa cínica el belga musulmán Abdelhamid Abaaoud, cabeza de los ataques en París, mientras conducía una camioneta con deshechos humanos atados al platón en los meses de su formación en Siria. Él convertido en un instructor del mal era el encargado de recibir a jovencitos, como Jake Bilardi, el australiano de escasos 18 años, quien colgó su historia en su perfil de Facebook cuando iniciaba el recorrido que lo llevó a abandonar su familia acomodada en Melbourne y con Allah (azza wa’jal) como inspiración viajar a Ramadi a convertirse en un soldado del Califato, dispuesto a sacrificarse por el Islam y emprender la ruta de muerte de los suicidas-bomba hacia la inmolación final. Murió a los pocos meses al volante de un vehículo cargado de explosivos que hizo explotar contra la Brigada 8 del Ejército iraquí. Bilardi, el baby-mujamid pasó a convertirse en pieza publicitaria en las redes sociales para invitar a seguirlo. Los suicidas-bomba de París siguieron su ejemplo. Simplemente: ¡Qué desazón!

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