Íngrid y los vericuetos de la paz

Agosto 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

El nombre de Íngrid Betancur en Colombia produce un rechazo mayúsculo. Rabia colectiva especialmente a raíz de su inaudita pretensión de querer obtener una codiciosa suma de dinero por cuenta de una demanda millonaria al Estado. Difícilmente podrá regresar al país en una fecha próxima a asumir un liderazgo o un papel protagónico en un escenario de paz y reconciliación en el que tendría un papel que jugar. Tal como lo ha dicho su compañero de cautiverio Luis Eladio Pérez, ellos, junto a muchos otros deberían formar parte de la mesa de víctimas y darle nivel al debate con sus victimarios, los guerrilleros de las Farc. Ya desde su libro ‘No hay silencio que termine’, Íngrid mostró una faceta humana desconocida. Logró convertir esas desgarradoras memorias de sus siete años de cautiverio en una selva devoradora, en una reflexión sobre la condición humana. De supervivencia frente a la adversidad de la naturaleza furiosa y la crueldad de una guerrilla atrapada por el bandidaje. Una mezcla de detalles y pensamiento que alcanza la universalidad necesaria para trascender fronteras y conseguir llegar a miles de lectores en el mundo. El recorrido por la gama de estadios emocionales que atravesó que van desde momentos de humillación y rabia, rencor, envidia, traición, la maledicencia, el odio, la soledad, el dolor y algunas briznas de ternura, huidizos instantes poca alegría y mucha desesperanza es conmovedor. Íngrid logró capturar todo el asco que rodea el escenario de la guerra, suficiente para transformar el alma de cualquier ser humano.Íngrid descendió a los infiernos y salió de él recuperando la palabra, hasta conseguir el tono que le permitió expresarse sin hacer concesiones. Entendió que había recogido demasiada maldad y resentimiento y que había llegado la hora de limpiarse. Buscó trascender. Encontrar una conexión con el más allá, con la espiritualidad, con Dios. Y optó por un ejercicio de clausura, aislarse de las tentaciones del poder, del protagonismo, del aplauso público para estudiar teología en la Universidad de Oxford en Inglaterra. Su reconstrucción espiritual le permitirá recomenzar una nueva vida. Para interactuar con la sociedad y con aquellos señaladores anónimos que abundan por las calles de Colombia. Y finalmente con sus victimarios.El tema de la paz debía superar el escenario procedimental, de diálogo cerrado entre cúpulas y voltear a ver el país real. ¿De qué paz hablamos cuando enfrentamos a diario los insultos entre dos expresidentes que no buscan nada distinto al desprestigio para cosechar prebendas electorales? ¿Cuál paz cuando el Presidente de la República trata con bajeza, lleno de ira, a su primo hermano doble (genéticamente su hermano) que además fue vicepresidente, cuando lo confronta a través de los micrófonos o las redes sociales? La reconciliación empieza por casa. Pero también entre Íngrid y sus victimarios de las Farc. Como sería también el de Mancuso con las dolidas familias que padecieron sus atropellos mortales en el Catatumbo, en los Montes de María, en Córdoba. Y tantos otros. Actitudes que de hacerse publicas, como en Sudáfrica, allanarían eso sí, el camino hacia la paz. Para la que, claramente no estamos preparados.

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