Indolencia urbana

Indolencia urbana

Abril 12, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La marcha de apoyo a las víctimas y al proceso de paz que se abre camino en La Habana, fue una expresión de lo que ocurre con el conflicto armado colombiano donde claramente el escenario es el campo y allí están sus dolientes. Al resto de la sociedad, mayoritariamente urbana, poco le importa. Porque cree falazmente que no la afecta. La marcha en Bogotá, que sí fue masiva, especialmente en el centro de la ciudad donde confluyeron todas las marchas, tuvo una fuerte presencia de campesinos, pobres, provenientes de las zonas apartadas de Colombia, donde el Estado no llega aún. Rostros tostados arrugados por el sol que no disimulan esas vidas cansadas, dolidas. Es la gente que ha estado cansada de la guerra porque la ha vivido. Y quiere encontrar una salida para vivir en algo que no han conocido: la paz. Pero sin duda hubo una gran ausente en la marcha del pasado 9 de abril: la ciudadanía, la población urbana. Cada quien siguió tranquilo en sus oficinas sin interesarse siquiera por sacar un pañuelo, una bandera blanca, por dar una señal, un gesto. Daría la impresión de que aquello que sucede, doloroso y terrible en lontananza, allá en las fronteras del Oriente, en la lejana Colombia, lejos de Bogotá, la capital, no les importa. Les resulta indiferente. ¡Que se maten allá!, mientras el eco de las balas o el olor de los muertos no interrumpa mi trabajo, ni afecte mis intereses o mis negocios, mis planes de vida, mi éxito personal, ¡qué más da!Grave equivocación. Aunque los muertos de la violencia sean mayoritariamente pobladores del campo ello no puede interpretarse como que las ciudades estén blindadas contra los impactos de esa inseguridad. Esa violencia e inseguridad rural, protagonizada por las Farc, le ha traído a Colombia todos las dificultades, ha frenado su dinámica como país y ha hecho explicito abismos de desigualdad que es imperativo superar. El presupuesto militar, las armas importadas, absorben unos recursos que podrían ser un motor imparable para el progreso de todos. Además la amenaza de las Bacrim, con su amarre al narcotráfico y que tiene en jaque a Cali, a Medellín, a Cartagena, es un coletazo del conflicto que viene de allá, de lo profundo de la Colombia rural. Se trata de una violencia que tiene múltiples rostros. Colombia en paz sería otro país. No lo pararía nadie y está comprobado, las estadísticas lo demuestran, que por la simple vía militar no se consigue el propósito de tener un país en paz. Y Álvaro Uribe lo sabía, aunque ahora lo trate de negar saboteando cualquier intención de paz. Uribe mantuvo siempre un Comisionado de Paz, encargado de mantener la compuerta con las Farc, y el último de ellos fue Frank Pearl, y Santos lo sostuvo y lo mantuvo en el equipo negociador en La Habana.La visión egoísta, que está a la base de la parálisis de muchos colombianos, es una visión históricamente equivocada y políticamente irresponsable. El avance de las ciudades y la realización de sus proyectos de vida individual de los habitantes de la ciudad requieren que el lado rural de la economía avance y avance en paz. El caso de Cali es lamentable: menos de 500 personas marcharon, una expresión de indolencia preocupante, que llama a prender todas las alarmas.

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