Ideales sepultados

Julio 16, 2010 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La revolución cubana marcó políticamente a una generación con su aureola de romanticismos, altruismo y compromiso con la justicia social y la igualdad. En este mundo cada vez más individualista, debe resultar inverosímil para la mayoría de la gente saber que hubo una revolución inmensamente popular e inspiradora por ser la portadora de un sueño, el de la sociedad del hombre, en una pequeña isla del Caribe llamada Cuba. El mundo, y en especial América Latina, fue impresionado por las imágenes de un puñado de muchachos barbudos que con sus trajes de camuflado y sus fusiles maltrechos, liderados por Fidel Castro, un joven burgués de 32 años alumno del colegio de los jesuitas, derrocaron la vieja y corrupta dictadura de Fulgencio Batista que había convertido la bella Habana en ‘el burdel de las Américas’. Ya en el poder, a los dos años, en 1961, enfrentaron y derrotaron al Imperio en Bahía Cochinos. Junto a la del Che, brillaba la figura romántica de Camilo Cienfuegos, con el trasfondo de las movilizaciones internacionales de brigadas de voluntarios médicos, arquitectos y muchachos de todo el mundo, inexpertos pero entusiastas, convertidos en corteros de caña para impedir que Sansón se impusiera sobre Goliat. La concentración de poder en un solo hombre y su círculo cerrado, enterró los ideales y con ellos a muchos cubanos. En América Latina, y en particular en Colombia, millones de jóvenes en las universidades creyeron que era la hora de la revolución -convirtamos a los Andes en otra Sierra Maestra, exclamaba animosamente el Che Guevara poco antes de salir a morir en la selva boliviana-. De esa época datan las guerrillas colombianas: Farc y ELN. La historia del fracaso del sueño cubano es larga y dolorosa. Toma hoy forma en los rostros y los testimonios a su llegada a Madrid, de siete de los 22 cubanos disidentes que fueron liberados a comienzos de la semana. Son cruel expresión de una realidad inocultable, nacida del desespero de Fidel y sus amigos por sostener un modelo que es insostenible, en tanto terminó cimentado sobre la eliminación de las libertades individuales. Las ahogó; las cercenó; las reprimió a sangre y fuego. Miles de profesionales técnicos cubanos, incluidos doctores y PHd, talentosos y creativos que el país había formado, han preferido enfrentar la nostalgia de la diáspora y sobrevivir, muchos incluso del rebusque, desarrollando su capacidad recursiva que los ha hecho famosos, antes que someterse a los abusos y recortes de los derechos individuales y colectivos, como lo han descrito nuevamente en detalle, los siete liberados. La de Cuba es la realidad patética de una camarilla atornillada a un poder que cada vez se les reduce más antes que ceder, terca con la terquedad propia de los iluminados y mesiánicos, cuya lista es tan larga como la de los testimonios de intolerancia, crueldad y sevicia, que tristemente abundan en la historia de la humanidad. Y que parece seguirá repitiéndose. Inclemente. Addéndum. El suicidio político de Ingrid Betancourt no tiene antecedentes comparables. Logró la proeza de conseguir un rechazo más masivo y virulento que el que ha tenido el vecino Hugo Chávez en los momentos de mayor pugnacidad entre los dos países.

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