Girasoles marchitos

Mayo 27, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La gazapera de los dirigentes del Partido Verde da vergüenza. Una guerra de egos, encabezada por Antanas Mockus que no logra aceptar las reglas de su propia colectividad. El adalid de las reglas de juego como mecanismo para tomar decisiones, ahora en rebelión frente a las que él mismo ayudó a construir y que fueron la base para construir su candidatura hace un año. ¡Oh vanidad! Pero ese no es el punto. La falta de grandeza de los dirigentes del Partido Verde para manejar las diferencias habla muy mal de ellos. Habla de la incapacidad para apartarse de la mecánica electoral de este grupo que nació con una propuesta de liderazgo colectivo que ahora traicionan sin rubor. Impactaba ver primero a Antanas Mockus, Lucho Garzón y Enrique Peñalosa y luego unido a ellos Sergio Fajardo, abrazados en las tribunas, alrededor de una propuesta y de un sueño. Era una sola fuerza. Contrastaba, y por eso despegaron con tanta propulsión, con el espíritu de Llanero Solitario con el que se hace política en Colombia. Los intereses sociales parecían estar por encima de los personalismos. Tres figuras se plegaron a la de Antanas Mockus. La novedad estaba en lo que representaban. Un año después, cuando debían enfrentar el desafío de recoger la siembra de 3.500.000 inesperados votos, para ponerse a prueba en las elecciones de alcaldes y gobernadores, salieron con nada. Se marchitaron los girasoles. Son ahora unos girasoles tristes con unos líderes enfrascados en peleas de micrófonos, cartas desobligantes o amenaza de retiro. Dirigentes que no fueron capaces de construir partido ni sintonizarse con sus electores activos y que por falta de perspectiva, doblegaron su esfuerzo y su entusiasmo a la capacidad destructora del uribismo. Una fuerza que se probó, cuando a punta de prebendas, puestos y favoritismo en los contratos logró la disolución del centenario Partido Conservador. Lo mismo le ocurrirá a los Verdes por cuenta del abrazo del uribismo a Enrique Peñalosa para la Alcaldía de Bogotá. La decepción y la rabia pueden tomar la forma de la apatía o de rebelión callejera como se vio en España con el movimiento M 15. Los Verdes echaron por la borda la posibilidad de presentarse como una alternativa y quedaron envueltos bajo el manto de fracaso de gobernantes, parlamentarios y políticos con sus discursos y promesas, que sobreviven atrincherados detrás de su retórica evanescente, de espaldas al país real. Todo indica que las elecciones de octubre serán vacuas y repetidas, controladas por las ambiciones personales, sin consideración de las realidades de fondo. Allí estarán los mismos candidatos camuflados, buscando como engañar, como consolidar alianzas coyunturales, como volarse los topes con trampas para poder invadir de publicidad los medios de comunicación y las ciudades. Reaparecerán los locutores y los populistas disfrazados de políticos a engañar con promesas falsas. La corrupción probablemente estará al orden del día, pero de dientes para afuera y sin ningún compromiso con los procesos de contratación, con los carruseles de amigos, con las licitaciones amañadas. Los políticos siguen sordos, cínicos, jugando con candela, hasta que la indignación ciudadana empiece a mandar y se haga escuchar. A la fuerza. Como sea.

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