Gabo periodista

Marzo 20, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La memoria lúcida de Guillermo ‘el Mago’ Dávila, un santandereano de 86 años, le permite sumergirse en recuerdos de hace 60 años cuando compartía con Gabo libros y lecturas, cátedras ambulatorias de calle de 24 horas diarias en el periódico El Universal de Cartagena. El Mago se ríe de sí mismo y de su vejez que como él dice, lo ha vuelto invisible. Era el linotipista de Gabo y gracias a ese oficio decimonónico, olvidado para siempre pero tan definitivo, logró traducir a través del plomo, crucigramas de letras con los que se forman palabras a la manera del juego de Scrable, aquellos primeros textos periodísticos, que apenas si se conocen de García Márquez.Entonces eran unos muchachos de 23 años y el linotipista no buscaba otra cosa que universalizar las palabras garrapateadas en hojas de papel de cualquier cuaderno para lograr a través del lenguaje del plomo llevarlos a la imprenta para poder arrebatárselos al anonimato personal. Sus anécdotas recrean al Gabo periodista cuyos textos confirman que detrás de cada una de sus novelas hay una colección de datos fácticos cazados con el rigor de un gran reportero que le dan a la literatura la verosimilitud que requiere cualquier relato. Ese tejido de hechos ensartados por una buena pluma que suelen coger alguno de dos caminos: o quedarse atrapados en la realidad del oficio, “tan voraz que cuya obra se acaba en cada noticia” o volar al mundo de la ficción donde la imaginación de cada lector se encarga de completarlos.Son recuerdos que ‘el Mago’ comparte en la celebración de los 20 años de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano liderada por el incansable Jaime Abello y creada por Gabo con el propósito no de enseñar a ser periodistas sino de mejorar con la práctica a los que ya lo son. Y la echó a andar al tiempo que concluía dos obras con un carácter distintos al de la ficción: su casa en Cartagena diseñada por Rogelio Salmona y su reportaje mayor: Memorias de un secuestro, que da cuenta de la tragedia de un país postrado por la guerra del narcotráfico en unos años que trazaron el destino del que Colombia aún no logra liberarse.Gabo fue un fanático del periodismo. Si bien lo apasionaba la información en caliente, “nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso”, su verdadera pasión era la reportería. Fueron varios los intentos que hizo por tener un medio en el que gobernaran los reportajes, el género estrella que requiere de tiempo, investigación, reflexión y buena escritura. Para ello creó su Fundación que se ha propuesto a través de un trabajo persistente de talleres de formación asegurar que la reportería, que apenas si sobrevive acorralada en los medios, no muera.Gabo fue premonitorio cuando advertía: “Parece ser que el oficio no ha logrado evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro”. Con esto no hizo otra cosa que anticipar el caos informativo en que vivimos atropellados por una profusión de señales cada vez más difíciles de organizar, perdiéndose así la razón última del periodismo que es ayudar a entender el mundo en que vivimos.

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