Ex combatientes javerianos

Agosto 03, 2017 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Todavía resulta un poco increíble, el acto en la Javeriana de Cali, el pasado 29 de julio. La Universidad graduó a 16 excombatientes de las Farc (como los llamó respetuosamente el rector, Padre Luis Felipe Gómez) y a otros 21 como bachilleres. Lo acompañaban en la tarima el alcalde Maurice Armitage, el también jesuita Francisco De Roux y María del Rosario Carvajal, directora de la Fundación Carvajal, además de algunos otros representantes gremiales y académicos. Se trató, como dijo el padre en su discurso, una bienvenida a la sociedad. Prematura para algunos, pero de cualquier manera indispensable para abrir trocha.

Hace unos meses una delegación del Instituto de Estudios Interculturales de la Universidad Javeriana de Cali visitó la zona veredal de La Elvira, en la cordillera Occidental y se reunió con el antiguo comandante del Bloque Occidental de las Farc, ‘Pablo Catatumbo’. Se proponía ofrecerle a los guerrilleros de base la oportunidad de realizar un diplomado como gestores de paz y de trabajo intercultural, y de completar el bachillerato para otros. Por primera vez una institución privada y además religiosa, sin tapujos y de manera gratuita.

Este acto es un paso real y cierto. Sin retórica. Que permite sacar los temas de la Paz y el posconflicto, de la maraña de lugares comunes, de declaraciones apresuradas y oportunistas y de posiciones emocionales de un lado o del otro. Los jesuitas, y de manera ejemplar, pasaron del dicho al hecho, y como dijo el alcalde Armitage, el paso que dieron los jesuitas no fue fácil porque sigue existiendo una parte grande la sociedad colombiana que aún no está dispuesta a tender la mano.

Estaba sentado entre el público, y muy seguramente entre los propios protagonistas en la graduación, muchos quienes deben aún tener heridas abiertas, con los días aciagos de la guerra aún retumbando en la memoria. A caleños y vallecaucanos nos golpeó duro el conflicto. Muy cerca de allí está la iglesia de La María, de donde el ELN sacó violentamente a 165 personas reunidas en la misa, y al fondo Los Farallones, escenario de espantosos días de cautiverio de muchos y por cuyos caminos fueron y vinieron centenares de mensajes de extorsión. En fin, dolor, violencia, atropello, rabia, resentimiento, profundo y humano debió conjugarse calladamente en el recinto de la Javeriana. Entre los asistentes estaba ‘Pablo Catatumbo’, discreto, y entre los graduados ‘Tania’, la holandesa; ‘Boris’, de la guardia personal de ‘Alfonso Cano’; Anderley Sánchez y Astrid Motoa, dispuestos a empezar una nueva vida.

El acto fue el reconocimiento de que el conjunto de la sociedad colombiana -pasiva o activamente, como víctima o victimario- ha estado involucrada, comprometida, con una violencia presente por décadas y con intensidad variable, que marcó de manera profunda la vida social, tanto la urbana como la rural. Y al final no quedaron vencedores ni vencidos.

No se trata de una paz para pasar cuentas de cobro o para simplemente “decirle adiós a las armas”, sino una que finalmente les permita a los colombianos, reconocer y respetar las diferencias y manejarlas de manera civilizada y no a balazos. Actos como el de la Javeriana dignifican y confirman que se trata de un esfuerzo de la sociedad, del que ya nadie puede sustraerse.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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