El país que destruimos

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No hay derecho que en el propio Valle del Cauca existan voces,...

El país que destruimos

Diciembre 24, 2010 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

No hay derecho que en el propio Valle del Cauca existan voces, claro de políticos, siempre los políticos, de rechazo a la decisión del Gobierno Nacional de aplazar las elecciones para gobernador. Aplazarlas significa hacerlas coincidir con las de octubre, es decir, en plata blanca, cancelar las que buscaban colocar un gobernante por ocho meses, cuyo propósito principal no era otro que pavimentar la ruta de regreso del PIN a ocupar el principal cargo del Departamento.No hay derecho que, quienes están llamados a ser voceros de la región, le den la espalda a la realidad de un departamento anegado por el agua, por el simple capricho de querer participar en el reparto de prebendas, nombramientos y contratos derivados de un triunfo electoral que nada tiene que ver con su responsabilidad como líderes regionales. La iniciativa ha debido surgir de ellos como candidatos y haberse hecho a un lado para impedir malgastar los $7.000 millones en unas elecciones fatuas. Pero no, la iniciativa tuvo que ser impuesta por el Gobierno Nacional porque nuestros lánguidos voceros confunden su rol. La bancada del Valle del Cauca actúa como un bloque de congresistas mendicantes que ven en el Gobierno Nacional el corazón de las dádivas y no el interlocutor con el cual se toman decisiones de interés para la región, el país y sus gentes. Se acostumbraron a pedir y recibir a cambio de votos en el Congreso para aprobar caprichos presidenciales, sin percatarse que las reglas de juego han cambiado. Que quedó atrás el tiempo del tome y dame, sin perspectiva ni visión de país. Los mal llamados dirigentes políticos tienen gran responsabilidad en el cuadro dantesco con el que cerramos el año. Un país devastado por el agua, donde la mano del hombre con su poder destructor está presente. Y la responsabilidad recae sobre muchos. Sobre aquellos que toman decisiones, quienes han gobernado y manejado ingentes presupuestos sin responsabilidad ni sentido de la previsión, quienes han tolerado la mala planeación y ejecución de las obras civiles de las que llevamos años oyendo hablar por su mala calidad, improvisados diseños y trampas en los materiales que se emplean. Sobre aquellos urbanizadores piratas que han vendido lotes en áreas robadas a los lechos de los ríos o en las laderas deleznables que rodean los centros urbanos. Sobre aquellos, nuevamente los políticos, que han hecho de las corporaciones regionales unos fortines burocráticos y politiqueros, capaces de destruir instituciones que, como la CVC, fueron ejemplares en el país, y que de espaldas a sus obligaciones con la regulación y el control medioambiental, han dejado al descubierto lo que hoy tenemos: diques vetustos, deteriorados distritos de riego, jarillones improvisados. Sobre muchos colombianos pobres que han habitado los campos, quienes por necesidad han literalmente azotado la naturaleza con sus tala desbocada de bosques, su invasión de pie de montes, su obstinación en secar los humedales, un comportamiento elemental y primitivo que está pasando con rudeza la cuenta de cobro a todos en estas navidades. Navidades para pensar en el país que queremos reconstruir, sobre esta tierra arrasada por el agua, pero también por nosotros mismos.

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