El manso de Timbiquí

Enero 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Se le veía allí, reverencial, frente al máximo tribunal de Justicia: la Corte Suprema. Los nueve magistrados con sus togas y la solemnidad de su investidura frente al ex congresista que se iba disminuyendo poco a poco. No era el Juan Carlos Martínez reconocido por su arrogancia y capacidad de intimidación y poder para nombrar y desnombrar en los puestos clave del Departamento, para influir en los contratos, para moverse en las elecciones, con fajos de billetes, como aseguran los que lo han visto, con el único objetivo de asegurar resultados con una eficacia pasmosa. No era el Juan Carlos Martínez al que le rinden pleitesía sus amigos o subalternos políticos que viajan desde Cali, cada semana, a visitarlo a la cárcel de La Picota, con viandas recién preparadas, a darle cuenta de las tareas burocráticas y del resultado de los ejercicios de contratación según bitácoras acordadas. El del martes en la audiencia en la Corte Suprema no era el Juan Carlos Martínez que junto al gobernador Juan Carlos Abadía lograron en las elecciones del 2008 arrasar, controlar al menos una veintena de municipios. El precio fue la corrosión institucional del Valle del Cauca y conseguir entronizar, como nunca, el espíritu de la clientela y complicidad mafiosa en la vida pública y política del Departamento. En las barras estaban sus compinches, copartidarios del PIN, abogados de todas las pelambres, socios llegados del Pacífico, que como en un circo intentaban silenciosamente animar el espectáculo.La metamorfosis fue total. Juan Carlos Martínez de repente apareció como un dócil ciudadano nacido en lo profundo del Cauca en un humilde pueblo llamado Timbiquí, quien con obediencia de colegial respondía al interrogatorio del magistrado Leonidas Bustos. Con una memoria diluida en el tiempo que sólo le dio para recordar, eso sí, con una precisión inaudita, el número de sufragios obtenidos en cada una de las votaciones desde que se estrenó en el Concejo de Buenaventura hace más de una década. Dio cuenta de su paso por la Asamblea del Valle, por el Senado de la República construyendo un historial político de gran utilidad como testimonio de oportunismo y veleidad al que puede llevar la ambición ilimitada. Pero no se detuvo allí.Desmemoriado al límite frente a sus amistades ‘non sanctas’ como la que sostuvo con el narcotraficante Olmes Durán Ibargüen, más conocido como ‘el señor del puerto’, quien paga condena en los Estados Unidos. Intentó desdibujar su relación cuando es bien sabido que el ex senador es el padrino de matrimonio de Durán tal como aparece en el documento de su boda, realizada el 29 de diciembre de 2003 en una playa de Vurudó, Chocó, publicado en la revista virtual www.kienyke.com. Llegó incluso hasta minimizar la presencia del Bloque Calima en el Valle, en contravía de las declaraciones del jefe paramilitar ‘HH’ quien confesó no sólo atrocidades, sino que aportó la información que lo tiene en La Picota por el presunto delito de concierto para delinquir.Daba rabia tanto cinismo para poder borrar un pasado que ha padecido la región y del que no será fácil liberarse. Pero pase lo que pase, lo único cierto es que ni la Corte ni nadie presente se quedó con la imagen del manso de Timibiquí que quiso construir.

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