El hombre que amaba los perros

Abril 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Un gran ausente de la Feria del Libro de Bogotá como lo fue en el Hay Festival de Cartagena es el escritor cubano Leonardo Padura. Resulta sorprendente, como con tantos escritores que nunca salieron de su terruño, William Faulkner y Gabriel García Márquez para no ir muy lejos, la universalidad que logra Padura en su obra. Sin haber cumplido 60 años, es un hijo de la revolución cubana con la lucidez para tomar distancia y entender los sustantivo de un régimen pero también sus grandes limitaciones y expresarlas sin pudor ni miedo desde los ensayos, la crítica literaria y la literatura. Se inició con novelas policíacas, entretenidas y con estructuras impecables pero su gran despegue como escritor lo ha dado a través de la novela histórica. Las dos obras mayores de Padura son la premiada El hombre que amaba los perros y Herejes, esta última escrita en el 2012, con la que ha barrido con reconocimientos literarios internacionales. A Padura lo publican siempre primero en Cuba y luego la Editorial española Tusquets para que sus libros no se queden ahogados en las restricciones de la isla, donde es esquiva la libertad de expresión e información; restricciones que probablemente serán las últimas en caer una vez se concrete la inaplazable apertura económica.Me ocuparé del Hombre que amaba los perros. Una novela de muchas quilates, de tal nivel literario y sutileza narrativa que el régimen cubano ha tenido que soportarla. Como no ocurrió con otros escritores en el pasado, con la paradoja que es precisamente el tema del autoritarismo el que gobierna la obra de Padura, como el nivel más degradante del ejercicio del poder. La novela es la historia de una decepción. Con la persecución y el posterior asesinato a Leon Trotsky como telón de fondo Padura no se queda en la anécdota ni en los detalles exteriores que por lo demás confirma fácticamente para asegurar la verosimilitud de la narración. Logra con reflexión y potencia narrativa penetrar el alma humana para desnudarla en sus pequeñeces, en la infamia a la que puede llegar cuando se atraviesa el fanatismo y la ambición. Leonardo Padura no disimula lo que se propone con su libro: “Quise utilizar la historia del asesinato de Trotsky para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del Siglo XX. En el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida”. La victoria del miedo, el odio y la crueldad con que el totalitarismo desbocado de Stalin, enceguecido de poder, delirante y paranoico destruyó cualquier atisbo de sueño socialista en la Rusia postrevolucionaria, e hizo asesinar a miles de rusos, que como Trosky, simplemente se atrevieron a disentir. Padura sin decirlo habla de sí mismo y de la realidad que enfrentó en sus años de adolescencia, en una juventud controlada por el régimen soviético. El espíritu que describe en la novela es el mismo que se tomó la isla caribeña que buscaba caminos y terminó atrofiando su sueño, como igualmente ocurrió con la Unión Soviética que hoy está controlada por un puñado de billonarios corruptos. Padura se despide con Réquiem. Réquiem por la utopía del Siglo XX, la utopía socialista; réquiem por la lucha por construir una sociedad igualitaria y justa, que desembocó en un mundo dictatorial que traicionó los principios, valores y sueños de millones de personas.

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