El fútbol prendió al Brasil

El fútbol prendió al Brasil

Junio 21, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Por esas cosas paradójicas de la política y la opinión pública, el símbolo de los brazos en alto con la V de la victoria del Presidente Lula da Silva cuando Brasil fue escogido para ser la sede del Mundial de fútbol 2014, se convirtió en el principio del declive de su sucesora, la presidente Vilma Roussef. Los manifestantes y especialmente los jóvenes a través de las redes sociales han hecho oír su voz de indignación frente las billonarias inversiones para los mega eventos deportivos: el mundial y los Olímpicos. El Brasil se presentaba al mundo como la súper potencia entre los países emergentes. Con unos abrumadores índices de crecimiento, un país donde todo parecía ser alegría y samba, con una clase media creciente y una capacidad adquisitiva en aumento. Pero no, calladamente se fue cocinando una insatisfacción popular que explotó por cuenta del incremento de veinte centavos en el valor de los pasajes de los buses urbanos. El malestar que se expresa en las manifestaciones es de fondo y tiene que ver con la corrupción, el descrédito de los partidos políticos, la brutalidad policial y el deterioro de los sistemas públicos de salud y educación. Los alquileres han subido, los inmuebles cada vez son más costosos; la inseguridad en los barrios amenaza la cotidianidad de los vecinos. Se ha hecho además evidente que así como aumenta la riqueza también es mayor la desigualdad y la creciente brecha entre ricos y pobres no ha hecho otra cosa que sembrar resentimiento e irritación entre los brasileros. Los jóvenes llevan la parada, a como ha sucedido en Egipto, Turquía, Siria. La consigna de los Cariocas sintetiza su rabia: más educación y menos fútbol, gritan. En contravía a la creencia generalizada de que Brasil respira fútbol y allí se aplaza cualquier necesidad por un balón. La gente con la sensatez que da el sentido común parece no justificar los costos desbordados de la infraestructura en instalaciones deportivas para albergar efímeros eventos que terminan, una vez concluidas las competencias, en elefantes blancos subutilizados, que poco le sirven a las ciudades. En Colombia se vivió, guardadas proporciones, la misma experiencia con la adecuación de los estadios para los partidos del Mundial Sub20 de fútbol y lo ocurrido en el Pascual Guerrero no fue la excepción. La chispa que desata la rabia ciudadana suele ser impredecible. A veces no son los temas más obvios ni los que están en la superficie. Colombia se ha salvado porque las protesta contra políticas gubernamentales del gobierno Santos aún no han llegado a los centros urbanos, pero el malestar se cocina a fuego lento y especialmente en las áreas rurales. El ministerio de agricultura de Juan Camilo Restrepo priorizó la política de restitución de tierras -cuyo discurso despierta entusiasmo especialmente en la comunidad internacional pero con resultados que aún están por verse- sobre urgencias del campo y los distintos sectores productivo, razón por la cual su retiro se dio en medio del malestar rural. Brasil es el mejor ejemplo de lo falaces que pueden resultar los datos estadísticos y los titulares de prensa: la pasión por el fútbol se transformó en un boomerang negativo difícil de atajar.

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