El experimento de Petro

El experimento de Petro

Septiembre 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Una ambulancia con dos médicos y un puñado de enfermeras se estacionó esta semana en el Bronx, la olla de la drogadicción de Bogotá, que resultó de la demolición del famoso Cartucho. Allí se concentra la miseria humana. Tal vez, como la Calle Trece en Cali. Sí, la miseria humana. La desesperanza. Vidas frustradas arrasadas por la drogadicción; seres deambulantes atrapados en las adicciones, las manías, la locura. Allí llegó el alcalde Gustavo Petro, convencido de la obligación que el Estado tiene de atender a quienes más lo necesitan. Convencido de que a todo ser humano hay que brindarle una oportunidad, incluidos los adictos quienes también tienen dignidad. Que hay que rescatar. Es una apuesta a los desahuciados. Y por esa vía, entendiendo la drogadicción como un problema de salud pública y no de represión policiva, aspira además de salvar vidas humanas, reducir la criminalidad de la ciudad, el expendio de drogas y la violencia generada por el afán desesperado por conseguir la dosis de heroína que quedó faltando. Con esta apuesta audaz el polémico Alcalde busca enfrentar el consumo de droga en Bogotá. Y la Ley se lo permite. Petro es el primer gobernante que se atreve a aplicar el mandato de la Ley 1655 de 2012, presentada por el senador Juan Manuel Galán, que abre la posibilidad de tratar al drogadicto como a un enfermo y no como a un delincuente. Una persona en condición de penuria física frente al cual el Estado, y en este caso el Distrito, tiene la obligación de no tratarlo como un ‘desechable’, sino ayudarle con un tratamiento médico a superar la fatalidad. El plan piloto comenzó con la apertura de este primer centro de atención médica para adictos a las drogas (Camad). Como éste en el Bronx, serán centros públicos con médicos, psicólogos, psiquiatras, odontólogos y enfermeras para atender a los drogadictos, no dándoles bazuco ni fomentando el consumo, sino facilitándoles drogas legales de difícil consecución, que les disminuye la ansiedad generada por su carencia, el llamado síndrome de abstinencia, que además es un factor generador de violencia urbana.Porque dentro del espíritu de la propuesta no sólo está darles una salida terapéutica a los drogadictos, sino atacar el microtráfico y las ollas de expendio. Pero algo más, le abre el camino, más allá del discurso, con una experiencia concreta, a la tesis de la despenalización de la droga, que para muchos en el mundo es el único camino para avanzar verdaderamente en la guerra contra el narcotráfico, tal vez el mayor flagelo de la sociedad contemporánea, gasolina de muchos de los conflictos en el mundo, empezando por el colombiano.Gustavo Petro tiene algo para admirarle como gobernante y es su capacidad de asumir riesgos, de buscar soluciones a los problemas desde ópticas nuevas. Se atreve a ir en contravía, como también lo está haciendo frente al programa de vivienda gratis que ha intentado imponerle el ministro Germán Vargas Lleras. Rompe prejuicios y apuesta. Es posible que las cosas no le salgan como las planea, pero se la juega con propuestas que van al corazón de las crisis. Petro es de los pocos mandatarios que no gobiernan sometido a la dictadura de las encuestas. Y si lo de la lucha contra la drogadicción le sale habrá roto un tabú y construido un paradigma.

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