El dilema de los regalos

El dilema de los regalos

Diciembre 26, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Es asunto de hace muchos años, pero cada día se expresa de manera más acentuada este agresivo atropello de la llamada sociedad de consumo que arrasa con el deseo, comúnmente entendido con el antojo. Es tal la imposición que además llega de afuera, de aquel paraíso del consumo llamado Estados Unidos, de lo que toca vestir, jugar y tener de niños y adultos, pero sobre todo los niños terminan atrapados por unas modas que los imbecilizan y muy especialmente en estos tiempos en los que regalar es finalmente un imperativo carente de sentido y significado.De la Navidad no queda nada. Celebración desvirtuada por los Papá Noel y los trineos que contrastan con un trópico soleado y la invasión de Merry Christmas y pinos con adornos que desplazaron los nacimientos, los pesebres y las novenas (que se volvieron bailables) que debían estar en la base de la fiesta navideña que finalmente es una celebración religiosa. Los niños terminan aturdidos de regalos y paquetes sin entender su sentido último.Regalar tiene en su origen un significado especial de don, de gratuidad, de afecto, de generosidad, de entrega, de compartir algo que se quiere. Un sentido de fondo que termina sacrificado, ahogado por el bullicio de los obsequios porque sí, por obligación, porque toca, porque es Navidad, o porque es el día de la madre, o el del padre, o el de la amistad, fechas inventadas por Fenalco y sus afines en el mundo. Cuando regalar debería ser un acto espontáneo para quien se quiera, producto de aquel momento en el que un objeto, un detalle trae a la mente a quien se le va a regalar. Por afecto o gratitud.Nada pues más abrumador que entrar a las jugueterías de los centros comerciales, los templos del consumo, invadidas de objetos efímeros, plagados de etiquetas extranjeras o simples copias criollas de los juguetes que están de moda donde priman el tamaño sobre la calidad, la tecnología sobre el ingenio, lo obvio sobre lo imaginativo. Lugares sin espacio para el asombro ni para descubrir objetos originales y recursivos atrapados por la estandarización globalizada. Juguetes desechables que no permanecen en la memoria como estímulos creativos o el medio del juego para suscitar la interacción y el diálogo entre adultos y niños, entre los propios niños que son, desde la antigüedad, su razón de ser.Es en este comportamiento contemporáneo, en la imposibilidad que tienen los niños actuales de tolerar la frustración agobiados por padres que reaccionan prestos a satisfacer cualquier demanda donde puede estar tal vez el origen de tanta abulia y apatía, desdén silencioso que invade el alma de tantos jóvenes de hoy. Allí puede estar la semilla de la vida adulta que ha ido forjando una sociedad abocada a la obsolescencia de las cosas y que con tanta insistencia trata de entender en sus libros La edad del vacío, El imperio de lo efímero, El lujo eterno, La sociedad de la decepción el filósofo francés Gilles Lipovetsky. Esa sociedad sin valores, incapaz de dar certezas o seguridades que protejan; que no proyecta sentido de futuro; ni despierta ilusiones, ni provoca sueños, anestesiada por el consumismo que genera un desencanto superior a las aparentes satisfacciones acentuadas por la cultura mediática, el entretenimiento y el disfrute material.

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