El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblas

Noviembre 27, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Un impactante libro titulado El barco de los esclavos, escrito por el periodista norteamericano Marcus Rediker, obliga a sumergirse en uno de los episodios más despreciables, deprimentes, lamentables de la condición humana: la esclavitud. Una publicación construida bellamente a partir de historias rescatadas en arduas jornadas de archivo, relatos de terror desde las capturas en redadas nocturnas, la persecución hasta el cansancio, la traición de los jefes de las tribus, pero también los rostros con nombres de marineros aventureros, cocineros forzados a apaciguar la desesperación de cientos de hambreados acorralados en caletas oscuras, sin espacio para moverse; y los galenos impotentes convertidos en enterradores, obligados a arrojar en alta mar cadáveres reventados por la disentería y las diarreas incontenibles; pero también la ira autoritaria de los capitanes de barco acorralados por la rebelión de héroes ilusos dispuestos a perder la vida por la libertad. Un mosaico de caracteres en situaciones límite sometidos a las leyes drásticas de la supervivencia durante el fatídico ‘paso medio’ (middle passage) del Atlántico, aquel tristemente recordado recorrido de la muerte entre la costa africana y sus nuevos destinos en América. De todo esto han quedado heridas profundas imposibles de sanar. La tragedia del continente africano, donde cerca de 20 millones de seres humanos tratados como bestias fueron arrancados a sangre y fuego de sus veredas para arrastrarlos encadenados por el desierto eterno hasta llegar a puerto, y terminar embarcados en una verdadera ordalía sin retorno que empezaba en el infierno de la degradación y el hambre, la hacinación, la insalubridad, abordo de las embarcaciones europeas y terminaba en la humillación eterna y definitiva en un país ajeno, extraño a su lengua, a sus tradiciones, a sus costumbres, donde pasarían sometidos el resto de sus tristes existencias. Un lamento doloroso de angustia y soledad, de desarraigo, de indignidad que se transformó en bella música como los negro- espirituals, los blues, los alabaos, los arrullos y las adoraciones del Pacífico. Ese canto desgarrado emanado de lo profundo que las negras mayores no olvidan. De esa gran diáspora inhumana desciende la enorme población afro que sobrevive, la mayoría en malas condiciones, en los países americanos. Marcados por un sino trágico, solo algunos han logrado derrotar ese pecado original de pueblo subyugado, atropellado luego por las crueles colonizaciones de los países europeos todos, que vieron en el Siglo XIX la oportunidad de convertir al África, después del látigo de la esclavitud, en el botín único para saquear, atropellando culturas y raíces. En ese mapa están las claves de las violencias que cada día toman formas más irracionales e impredecibles. Descifrar las claves de la enigmática población afro, que viene del corazón de las tinieblas como denominó Joseph Conrad su experiencia en el Congo profundo, es la condición para liberar su existencia de la marginalidad en la que han permanecido, y transformar esas vibrantes y creativas vidas en un grupo humano integrado y activo acoplado con los acordes del conjunto de la sociedad, un ejercicio en el que Cali con su millón de pobladores afros podía abrir el camino.

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