El coraje de Rosario

Julio 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Nada valoro más en un ser humano que la autenticidad. Sobre todo si es colombiano, enfrentado a una sociedad como la nuestra construida de las apariencias, en la que “el qué dirán” pesa hasta hacer de la hipocresía un comportamiento más generalizado de lo que se quisiera. El arribismo, ese reflejo casi automático de imitación de clitches de éxito es otra de las enfermedades nacionales. Tapujos y más tapujos es la norma social que ha hecho carrera donde la gente termina estandarizada forzándola a vivir dobles vidas, a costa de su propia felicidad capaces de traicionar la libertad, la independencia, el derecho del individuo a vivir en sus propios términos, acorde con sus convicciones, a sus valores, así sean en contravía de los de la mayoría. Por esto admiro a personas como Rosario Caicedo Estela quien ha dado una pelea contra viento y marea por hacer respetar el derecho a ser gay. No le ha temido a la etiqueta de ‘lesbiana’ ni a hablar abiertamente de su matrimonio con Ruth con quien comparte una vida feliz desde hace catorce años y con quien se casó en Connecticut, uno de los primeros estados en aceptar el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Parejas en mucho casos mucho más fluidas que los cacareados matrimonios heterosexuales que de la puerta para dentro con frecuencia son unos infiernos inaguantables sostenidos con babas y por la presión de los hijos. No es fácil, en sociedades cerradas y conservadoras como la colombiana y la caleña que de dientes para afuera se presenta como liberal pero en el fondo es excluyente, intolerante, conformada por círculos de poder que se toman atribuciones en nombre de unas mayorías que desconocen. Personas con entidad y fortaleza, que igualmente le han dado la cara a otro tema tabú como es el del suicidio que Rosario también ha asumido con entereza y valor cuando se refiere a su hermano Andrés, -como también lo hizo Piedad Bonnet en su libro Lo que no tiene nombre, el suicidio de su hijo Daniel. Y lo hacen para que no se repitan situaciones como la que vivió el joven Sergio Urrego quien acorralado por los señalamientos, las sanciones injustas de los directivos del colegio y las burlas, prefirió quitarse la vida como lo hacen cientos de personas aplastadas por el juicio implacable de los prejuicios sociales. Ese es el sentido último de haber públicas posiciones que se consideran personales, pero que en ciertas momentos, cuando se trata de defender derechos, y con mayor razón si se trata de los derechos de las minoría, deben trascender a la esfera pública. Momentos en los que tiene sentido alzar la voz y abrir caminos con el ejemplo como acaba de hacerlo Rosario Caicedo con una nota publicada en el portal Las2orillas: así vivimos la decisión de la Corte de Estados Unidos, en la que cuenta el impacto que tuvo la sentencia que de un plumazo legalizó el matrimonio homosexual en todos los estados de Norteamérica. Rosario logra que el lector se ponga en los zapatos del otro, en los de aquellas parejas del mismo sexo que se han amado a escondidas como el caso de un par de puertorriqueños con 89 y 92 que después de 72 años, en el ocaso de la vida, podrán finalmente darle forma legal a su unión gracias al coraje de muchas personas que como Rosario no han guardado silencio.

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