¿Dónde está el Alcalde?

Abril 08, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La retórica del alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, empieza no sólo a descifrarse sino que permite anticipársele. Eso pasa cuando las respuestas se vuelven clitches mediáticos que buscan efectos calculados antes que resolver inquietudes. A cada problema concreto, el Alcalde responde con una conceptualización general que recuerda aquellos ejercicios dialécticos del pensamiento de izquierda que se convertían en obstáculos para lograr las transformaciones esperadas de la realidad.No es posible que un gobernante no tenga respuestas y una estrategia clara para enfrentar la tragedia de una ciudad, como Cali, en la que están matando cinco personas cada día. Fueron 421 los homicidios registrados en el primer trimestre. Y ni que decir de los atracos a residencias, restaurantes, en la calle y en el MÍO. No basta decir, para quizás lavarse las manos y desplazar responsabilidades, que se trata de un problema que supera la capacidad de reacción de las autoridades municipales. La obligación de Ospina como gobernante es, además de tener un diagnóstico claro, asegurar el apoyo de los entes del orden nacional para enfrentar la grave situación.Un alcalde está para transmitirle seguridad a los ciudadanos. No puede quedar la impresión, como está sucediendo, que cada quien debe arreglárselas como pueda, defenderse en mitad de su tormento. En el caso de los sectores populares, en los barrios donde están robando hasta niños, la gente sobrevive abandonada a su suerte, a sus desgracias, al fatal destino, mientras los más pudientes terminan en la encrucijada de tener que intentar garantizar su seguridad a través de empresas privadas. Cuando se trata de un tema de interés público y colectivo. Los ciudadanos no pueden quedar abandonados batallando en su soledad, acorralados por el miedo, paralizados en su cotidianidad. Lina de Restrepo lucha por su vida en la unidad de cuidados de intensivos de una clínica de Cali. Estaba con sus dos hijos frente al televisor, cuando irrumpieron a su casa, en conjunto residencial, hombres armados a robarla. Le dispararon, sin permitir reacción alguna, a quemarropa. Igual sucedió con otra médica, quien también estaba sola en su casa con un par de adolescentes cuando irrumpieron los ladrones, armados hasta los dientes y entre amenazas y gritos los encerraron en un cuarto. Robaron durante dos horas. Son dos de los muchos casos que llevo días, aterrada, oyendo relatar.Como cuenta un ciudadano en una carta, desesperado, “Cali se ha convertido en una metrópoli donde se atraca a pleno medio día, en el semáforo de la Torre de Cali, en un día en el que pueden suceder doce en la misma mañana: cuatro en Pepe Ganga del Oeste; dos en La Tertulia; dos en el trancón del Centenario formado por el traumático cambio de sentido de la calle sexta norte; dos en la congestión del Café de Los Turcos y uno en el Teatro Municipal, donde para lograr sus propósitos los bandidos destrozaron el auto ocupado por dos aterrorizadas damas ante la amedrentada impavidez de decenas de intimidados transeúntes. Santiago de Cali está sitiada, acorralada por el hampa criolla de la peor estirpe”. Sobran los comentarios. Es hora de reaccionar, Alcalde. En una ciudad donde el miedo manda, todo lo demás sobra.

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