Diálogo con la desmemoria

Enero 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Cada día se hace más difícil el diálogo. Mi amigo del que quiero hablar porque de alguna manera puede estamos anticipando nuestro propio destino, tenía una mente grande. Fuerte. Compleja, con la curiosidad para emprender viajes sorprendentes con un morral en la espalda y un par de mudas, dispuesto a descubrir el mundo. Y regresaba entonces abarrotado de palabras para narrar lo recién hallado con un entusiasmo que lo hacía incluso fantasioso. Nada de esto ha quedado guardado en su memoria. Atrapado en un presente perenne, el diálogo se hace efímero carente de las necesaria referencias que conectan y alimentan cualquier conversación. Permanece en una institución especializada donde le aseguran la rutina necesaria para evitar un extravío mayor en la fosa de la desmemoria. Lo cuidan bien. Chapucea en la piscina, se pierde en lecturas de relatos que no retiene de libros que lo han acompañado desde siempre, se distrae con películas que repite porque se le escapan las secuencias y de repente se ríe a carcajadas, cuando no se embebe en el tarareo de unas melodías lejanas que lo llenan de alegría. Cada vez que lo visito busco aferrarme a aquellos momentos compartidos que enriquecían nuestras conversaciones. Pero constato con tristeza que muchos de ellos ya los ha borrado el tiempo para dejarnos atrapados en un diálogo sin memoria capaz, incluso, de volver el presente esquivo. Ha vuelto a ser un niño sin angustias ni preocupaciones, de flashes efímeros perdido en un pozo sin fondo en el que la conciencia ha ido abandonando el cuerpo. Mi amigo padece del mal de alzheimer. Una enfermedad que nos ronda, como el maldito cáncer. Misteriosa, de rumbos insospechados. Como la describe el famoso alcalde de Barcelona, Pascal Maragall en sus memorias, La oda inacabada, en las que describe, lleno de valor, el instante en el que decidió enfrentar el terrible diagnóstico compartiéndolo por televisión, de la misma manera que había hecho con los buenos momentos de su vida pública. “El doctor alemán cuyo nombre no quiero recordar acabará por ganarme la partida. Eso lo sé de sobras. Ojalá el mío sea uno de los últimos combates que se pierda contra la epidemia de la humanidad que afecta al más preciado de los tesoros de una persona. Pero antes de que esto suceda estoy preparado para echar un vistazo a mi vida, como si de una oda, inacaba repentinamente, se tratara. Y la quiero compartir”. Maragall quiso asumir con palabras su propio deterioro para que otros pudieran aprender de él. Fue el alcalde de los Juegos Olímpicos, ocho años de un timonel que puso a Barcelona entre las primeras ciudades europeas, recuerdos que no recupera con nostalgia sino con un realismo desgarrador frente a su propio drama personal con la intención de contribuir a que la epidemia no se siga llevando mentes y voluntades como la suya y la de millones más. La de los padres y madres de muchos.Le tengo pavor a la desmemoria. A quedarme sin recuerdos ni referencias de espacio ni de tiempo y sucumbir en un vacío de emociones planas. Una amenaza tan presente que nos impulsa a rodearnos de todo el afecto posible. Lo único que el alzheimer no logra aniquilar. Sí, afecto, aquello que en la vida nunca sobra.

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