Desesperanza llamada Guajira

Desesperanza llamada Guajira

Abril 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

En La Guajira se respira desesperanza. La gente malvive, entregada a la tiranía de la corrupción en manos de unos políticos que se turnan los gobiernos y se roban las regalías del carbón y el gas con la connivencia del Gobierno Nacional. Una región gobernada por la ilegalidad mientras en Bogotá y en la Casa de Nariño se hacen los de la vista gorda para no perseguir, sancionar y bloquear, como les correspondería, a alcaldes y gobernadores, salidos todos del corazón de la clase política, que han hecho de los recursos públicos su botín personal y familiar del que disponen para perpetuarse en el poder.Con el computador de Palacio manejado desde Presidencia, centro de la manzanilla y politiquería, se designan los funcionarios responsables de ejecutar los recursos provenientes del gobierno nacional quienes terminan nombrando los señalados por los parlamentarios, cuyo único criterio es el CVY -como voy yo-, es decir aquel que le resulte funcional a sus intereses y a la máquina registradora de los contratos. Estos funcionarios que le reportan al sector central son cuotas políticas que se convierten en la contraprestación del Ejecutivo a los parlamentarios de quienes requiere sus votos para consolidar las mayorías que necesita el Presidente para tramitar las leyes que van desde el Plan de desarrollo, el Referendo, las facultades extraordinarias, en fin…De existir voluntad política desde el Presidente y su cúpula en el alto gobierno, con el poder de un país presidencialista como Colombia, se podría romper ese círculo perverso de corrupción alimentado y tolerado desde Bogotá en donde a espaldas de las realidades regionales se ven éstas como unas máquinas electoreras de una pseudodemocracia en la que se instrumentaliza la representación popular en función de intereses personales.De existir voluntad política, la Casa de Nariño podría ser un motor generador de cambio en lugares tan desoladores como La Guajira, que podría asegurar que los recursos para el alimento de los niños les llegaran para evitar la muerte masiva por inanición evitando su desvío a bodegas para su reventa posterior, y que los billonarios presupuestos destinados a construir alternativas de agua por vía de pequeños acueductos o de pozos llegara a los grifos de las humildes casas sin que los guajiros tuvieran que continuar esclavizados a unos carrotanques que cobran por suministrar un agua intomable que termina en unos tanques plásticos cultivadores de bacterias que hacen de la gastroenteritis uno de los principales males de la región; y que la educación no fuera una utopía inalcanzable y se convirtiera en la puerta de oportunidades para quienes empiezan en la vida; y que el trabajo fuera un derecho para la gente honrada y no el privilegio de una rosca que cobra por dar empleos y contratos a condición de poder lucrarse de ellos; y que la naturaleza, generosa y ampulosa en este enorme península fuera un escenario de disfrute y una verdadera fuente de riqueza para quienes habitan esta paupérrima región y no la fuente de enriquecimiento desbocado de multinacionales mineras extractivas que dejan desierto y miseria a su paso; y que las cultura recuperara la libertad sin tener que vivir bajo la amenaza del narco y la ilegalidad que imperan en la Guajira toda convertida en un territorio de desesperanza.

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