Delincuentes de cuello blanco

Delincuentes de cuello blanco

Diciembre 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Los primos Nule, de la mano del exalcalde Samuel Moreno y su hermano el exsenador Iván Moreno, los nietos del único dictador que ha tenido Colombia, se convirtieron en el símbolo de los delincuentes de cuello blanco. Petro llegó a la Alcaldía de Bogotá gracias a las denuncias contra la corrupción que destaparon el llamado carrusel de la contratación. El año termina con la detención de quien cerraría el círculo: el abogado Álvaro Dávila, quien lleva más de una década, desde el gobierno de Ernesto Samper, medrando el sector público del que ha obtenido prebendas económicas y poder. Dávila había logrado la confianza plena del exalcalde Samuel Moreno, la del compañero de colegio en el Anglocolombiano y luego en la Universidad del Rosario, que le permitía moverse como pez en el agua en el Palacio Liévano, sin rol explícito y cuidándose de nunca firmar, a pesar de ser el retén entre la administración Moreno y los proceso de contratación en temas de aseo, obras públicas, salud… Los rumores eran crecientes pero escasas la prueba, precisamente por su habilidad de abogado. Por esto pudo evadir en más de media docena de veces las acusaciones de la Fiscalía que hoy lo tienen en la cárcel Modelo de Bogotá. Dávila insiste en declararse inocente, porque el cinismo ha sido una de sus armas. Se sentía invulnerable. Nunca dejó de frecuentar los círculos sociales bogotanos, con la misma frescura pasmosa, a sabiendas de que los señalamientos en torno suyo crecían. Actuaba con la misma desfachatez del combo directivo de Interbolsa. En el que sobresalía con especial notoriedad Tomás Jaramillo quien manejaba las relaciones entre las elites Santa Marta, Medellín y Bogotá, a las que pertenecían muchas de las familias que terminaron tumbadas por sus maniobras irregulares. Abusaron de la confianza de los amigos de las páginas sociales para hacerse a unas ganancias inexplicables en el corto tiempo de existencia de la Corredora en Bogotá donde se fraguaron las movidas.A todos, a los del sector público y a los del privado, los encegueció la codicia. Sobresalen entre ellos personajes con una arrogancia inconfundible como Tomás Jaramillo, hijo del fundador, vuelto accionista de Interbolsa, que ejemplarizan la versión criolla de los yuppies (Young urban profesionals). Un modelito del que no son ajenos muchos profesionales, casi todos formados en el sector financiero. Así son los yuppies, en todos los países, los mismos que tienen en sus espaldas el peso de la catástrofe de Wallstreet de hace cinco años, desvergonzados y pretensiosos, protegidos detrás de unas pintas de revista, corbatas Hermes, plumas mont-blanc y la última tecnologia sobre la mesa; fantasean entre yates y aviones privados, excesos que son una afrenta en un país como Colombia, campeón en desigualdad. Cuando descienden de las nubes de la irrealidad suelen producir debacles como la de Bogotá y/o la de Interbolsa.La Fiscalía ha sido drástica en casos anteriores con los delincuentes de cuello blanco. Ha considerado sus condiciones de privilegio, de oportunidades y conocimiento pleno de las burlas al código penal, y han actuado con firmeza y decisión. De manera ejemplarizante. Y al parecer, en buena hora, esta vez no será distinto.

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