De perseguidores y perseguidos

De perseguidores y perseguidos

Marzo 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Un seguidor del expresidente Uribe y del Centro Democrático llamó espontáneamente a un amigo suyo de izquierda, viejo militante del Polo, para decirle simplemente: ahora sí entiendo lo que es sentirse perseguido. En el gobierno Santos le estaban haciendo la vida imposible y dificultándole la interrelación profesional por su simple filiación política. Escuché a Álvaro Uribe, con el cinismo y la mala memoria de los políticos, decir olímpicamente en una emisora radial que su familia y sus copartidarios estaban bajo presión, perseguidos por los organismos de control, la justicia y el aparato político oficial en cabeza de Santos, mientras que, y ahí va el cinismo, su gobierno había sido respetuoso de los detractores y de la oposición. Decía Uribe no haber estado detrás de nadie por posturas contrarias; olvidó sin más el episodio de las ‘chuzadas’ ordenadas desde el alto gobierno y que tiene condenados a su secretario general Bernardo Moreno y a la directora del DAS, María del Pilar Hurtado por su autoría material. Olvidó el expresidente Uribe que interceptar comunicaciones y grabarlas como arma de ataque constituye un acto vil, un atropello despreciable en cualquier democracia; una práctica común y no solo en su gobierno, en un país tan intolerante como Colombia. Olvidó también Uribe que en sus intensos ocho años, los defensores de derechos eran asimilados a auxiliadores de la guerrilla para poder golpearlos y judicializarlos bajo el delito de rebelión, sin mayor derecho a la defensa, sobre todo en regiones epicentro del conflicto armado y que fueron centenares los líderes sociales estigmatizados y perseguidos en las veredas colombianas; todos aquellos que para la política de seguridad democrática resultaban sospechosos. Ciertamente el gobierno Santos está utilizando el aparato del Estado para golpear al Uribismo y no se puede ser ingenuo frente al poder de cualquier gobierno que afecta no solo al sector público sino también el amplio espectro del sector privado. De cualquier manera, Álvaro Uribe es el menos llamado a rasgarse las vestiduras porque si alguien sabe para qué sirve el poder a la hora de presentar resultados, sin ocuparse de las formas, es él. Lamentablemente la Fiscalía y la manera cómo se elige la cabeza quedó, como tantas otras instituciones, mal diseñada en la Constitución del 91. Susceptible de contaminación y sin el margen de independencia que los ciudadanos esperan y reclaman. No es el órgano investigador equilibrado que una democracia demanda y es un centro de poder temido en donde está en juego la libertad de las personas, alrededor del cual se ha construido casi que una leyenda negra salpicada de intereses políticos. Ni siquiera Alfonso Valdivieso Galán, ungido por el apellido del líder inmolado, quien hizo del proceso 8000 y la financiación del Cartel de Cali de la campaña presidencial de Ernesto Samper su bandera, pudo conformarse con la loable misión de impartir justicia. Terminó vencido por el protagonismo, la ambición y los titulares de prensa buscando catapultarse a la Presidencia de la República. De allí el mal sabor que deja el paso que dará Eduardo Monpresidente Santos en Alemania, confirmando cómo el hilo que separa los poderes es cada vez más delgado.

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