Cuando el vecino se incendia

Cuando el vecino se incendia

Noviembre 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

El exalcalde de Cali Jorge Iván Ospina tenía entre sus planes, una vez concluida su alcaldía, liderar un programa contra la pobreza en Buenaventura. Su tesis hacía sentido: mientras no se logre contener la pobreza unida a la profunda descomposición social de la ciudad más grande el Pacífico colombiano, Cali nunca podrá despegar. Seguirá atrapada en una suerte de conjura por su ubicación geográfica que la ha puesto a recibir, sin tener como, a los miles de desplazados que llegan con su miseria y desolación de este puerto que produce billones de pesos, el enclave económico más rico de exportaciones e importaciones del país, con unas descomunales utilidades privadas y unos réditos que terminan en el nivel local engordando las arcas de la corrupción de gobernantes, políticos y vividores de todas las calañas, sin producir ninguna transformación social. Allí no pelechan los líderes capaces de convertirse en la conciencia de un pueblo con riqueza humana pero postrado en el lodazal de la desesperanza. Son los sacerdotes y en ocasiones los obispos los únicos capaces de levantar la voz de protesta contra lo que allí ocurre. Lo hizo durante 20 años monseñor Gerardo Valencia Cano como vicario apostólico de Buenaventura hasta su trágica muerte en 1973 y ahora, como siguiendo su huella está el obispo Héctor Epalza Quintero, con su voz solitaria en contravía de las autoridades locales y sin eco en las departamentales y nacionales. Un obispo que no teme denunciar los horrores de los que ha sido testigo durante los ocho años que lleva en el Puerto y que según él, anuncian el regreso del paramilitarismo. El valor de monseñor Epalza, un ocañero de 72 años que ha pasado la mayor parte de su ejercicio sacerdotal en el Valle del Cauca y específicamente en Cali, le ha permitido ponerle el pecho a la crueldad sin límites y a las amenazas que lo han obligado a tomar distancia en distintas oportunidades, como ocurrió en el 2006 en pleno auge del paramilitarismo cuando fue forzado a salir por la jerarquía eclesiástica. Una guerra que se está reeditando con nuevos protagonistas como ‘La Empresa’ y ‘Los Urabeños’, quienes se encuentran en el corazón de la disputa por el control del territorio y el dominio de zonas de desarrollo portuario, rutas de narcotráfico y recursos minerales naturales. Las cifras de la guerra que empieza a mostrar sus dientes son aterradoras: 40 homicidios a partir del 6 de octubre, muchos de ellos realizados con la barbarie y la sevicia; 35 balaceras que se han registrado durante los primeros 23 días de octubre y 75 desapariciones en lo que va corrido del año. En un mes cerca de 1.500 han abandonado sus viviendas y sus barrios siguiendo una única ruta para salvar sus vidas: Cali. La voz del Obispo que grita en el desierto y pide justicia y respeto por la vida de las personas, se oye cuando además pide que las medidas no sean sólo de fuerza, sino que ayuden a encontrar salidas al problema social y estructural que padece Buenaventura. Una tragedia que compete a Cali, al Valle del Cauca y a la Nación que debería intervenir con una estrategia focalizada porque cuando el vecino se incendia, el barrio entero tiene que actuar.

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